El dique seco

Destacado

Vivo el drama de la escritora en dique seco con desinspiración, del ser pragmático falto de musa artística uniformado de ropa de algodón y zapatillas. Sin ventanas, sin vistas, sin luces, sin aire, sin oxígeno.

Recuerdo mis madrugadas asomada a la ventana contemplando las miles de pequeñas luces de la ciudad, sintiendo un escalofrío al pensar que tras cada una de ellas se escondía una historia diferente que debería ser contada. Personas interesantes que ni siquiera imaginan cuánto lo son, vivencias que entrelazadas son el alma de un gran libro. Y yo ansiaba poder asomarme a sus ventanas a espiar y que me contaran sus vidas, aquella que no le cuentan a nadie.

Soy escritora, soy una cotilla ávida de historias. La que se sienta a tu lado en la cafetería y escucha con disimulo, la que está atenta a los detalles en la cola del súper, la que se entera de todo siempre casi sin pretenderlo, la que mira al mundo con los ojos muy abiertos, la que se interesa por tu día, la que pega la oreja al mundo para luego venir a contarlo.

Bienvenidos al mundo de las vidas ajenas, pasen y lean.

Oscuros secretillos

Decía mi abuela que quien la lleva la entiende, pero lo cierto es que la mitad de las veces no sabemos ni lo que llevamos, cuanto menos vamos a entenderlo. Es que no puedo con doña Carmen, no puedo con esta mujer, a ella sí que ni la llevo ni la entiendo.
– Le repito que no hacía falta que se marchase de la recova conmigo, debería haberse quedado y comprar los huevos o lo que cojo…
– Esa boca.
– Lo que fuera que fuese a comprar.
– Pero si eso era lo de menos. Qué tontería marcharte así, con el buen rato que se pasa. Anda y que le den a la vieja chocha, te vas a molestar por eso… Bah – y abofeteó con desgana el aire.
– Es que me he agobiado allí dentro, aquel sitio tan pequeño con tanta gente y…
– Y todos esperando y todos aireando sus pequeñas miserias, sus oscuros secretillos – me miró con ojos aviesos haciéndose la interesante.
– ¿Qué le pasa? ¿Está peor de la presbicia?
– ¿De la qué dices?
– Que si no ve bien digo.
– Mejor de lo que tú te crees.
– Y encima usted se pone a largar de mi vida y mis cosas. ¿Cómo se le ocurre?
– Mujer, para entrar en un círculo de confianza y recibir primero hay que dar. Ya sabes, alguna cosita.
– Oscuros secretillos. ¿No? Pues sepa usted que yo no tengo de esos.
– Uy qué no, todos tenemos algo. Y si no, qué aburrido sería todo. Lo que pasa es que estás de mal humor.
– Normal.
– No, normal no es. ¿Hace cuánto que no sales con alguien? Ya me entiendes.
– No, ni quiero entenderla.
– Pues no sé por qué. Además, ahora con el teléfono se liga. Mira tu amiga la del novio putero, ¿no se ha echado otro con el catálogo ese que lleva en el móvil? Pues que te mire uno para ti que te guste. Porque el Mino tiene un hermano soltero, pero como te has ido tan corriendo…
– Que no me interesa. Y menos de ese modo. No quiero conocer a alguien porque usted se confabule con el charcutero o por una aplicación del móvil.
– Cuando tienes mocos tú le los limpias, ¿Verdad?
– Ver…dad.
– Te gusta usar pañuelos suaves para sonarte los mocos, ¿a que sí?
– Supongo.
– Pero si no tienes ninguno te los limpias con lo que esté más a mano, con una servilleta, por ejemplo, no te los vas a dejar colgando. Pues eso mismo.
– Mocos…Tengo pañuelos de sobra.
– Qué mal mientes, en eso has salido a tu madre. Ella también miente fatal cuando habla de algo suyo. En eso y en la cantidad de pelo.
– La verdad es que tenemos buena melena, gracias. No se vaya a poner usted mala siendo amable por falta de costumbre, como cuando se tomo el vino dulce en las fiestas del barrio y cantó Piconera.
– Me refería a que sois muy velludas, las dos. Pero bueno, también tenéis buena cabellera, en cantidad y en calidad. Eso soy capaz de reconocerlo hasta sin tomar vino.
– Ya hemos llegado al portal, si quiere se puede volver, que yo me subo a mi casa.
– Subo contigo. A la mía.
– Como quiera, es usted libre de hacer lo que le plazca.
– Oye, tengo vino dulce y un poquito de mojama de atún. Si te apetece puedes pasar y mientras lo tomamos te cuento algún oscuro secretillo de esos que te has quedado sin saber.
– Se lo compro si añade alguno suyo también.
– ¿Tiene que ser real?
– Tiene que ser interesante.
– De acuerdo. Venga pasa. Espera, ¿a dónde vas?
– A subir un momento a mi casa a por servilletas, por si anda mal de pañuelos.

Me pone cuarto y mitad II

– Mi perra se come sistemáticamente mis bolsos; no sé cómo lo hace. Se alimenta básicamente de cuero de las mejores marcas, por eso me he comprado este espanto sintético. Qué quieres que te diga, un bolso es un bolso; es bien mono y no me va a escocer si se lo come.
– No, le escocerá a ella, porque es plástico puro Loli.
Un codazo rompió mi concentrada atención sobre la conversación de las señoras que guardaban cola en la recova. Era doña Carmen.
– No seas tan descarada. Por cierto, la perra no se ha comido sus bolsos buenos ni nada. – empezó por lo bajini – Lo que pasa es que los ha tenido que vender todos por nada y menos. El marido, problemas con el juego me han dicho. La Loli lo sabe, pero ellas se entienden. – y me hizo un guiño extraño.
Yo volví a la carga con renovado interés en la conversación.
– Mira Loli, si a ti te gusta te hago yo uno de crochet del color que quieras, así si la perra se lo come no le hará daño. Yo los hago para mí, les pongo un forro de algodón.
– Por mí vale pero que falta no hace. En beis que pega con todo.
Me volvía de un lado a otro sin querer perder puntada de ninguna conversación mientras intentaba seguirle el cuento a los que no dejaban de darme palique. Fue entonces cuando al avanzar en el turno pudimos acercarnos más al mostrador donde se despachaba y tener acceso al género.
– Ahora empieza lo bueno de verdad niña. Atenta. – observó mi mentora.
– Ni lo dude.
La voz del charcutero sonó por encima de todas con el eco propio de un tenor.
– ¿Quién va ahora?
– Me toca a mí, Palomino – se apresuró una señora de avanzada edad en contestar.
– Doña Patro, ¿qué necesita hoy? ¿Vienen sus nietos a merendar?
– Ay, Mino. Sí que vienen y yo es que ya no sé qué darles a estos niños. Me los deja mi hijo hasta que los recoge la madre, que por cierto desde el divorcio ni me mira a la cara. Casi ningún día se comen el bocadillo, da igual lo que les ponga. No me hablan, no me miran, sólo están allí esperando con su móvil, su consola y esas cosas modernas que les gustan a ellos, ya sabes.
– No se preocupe usted, eso es normal hoy día mujer. Le voy a poner un poquito de este jamón serrano que yo le aseguro a usted que triunfa con los niños, y si no es así… vamos, que no se lo cobro hasta que no se lo coman. Le echo también una pechuga de pollo rellena para que cuando llegue su nuera a por los niños se la dé para la cena; verá cómo le cambia la cara. Usted venga mañana, si los niños se comen el jamón y la madre se pone contenta me paga, y si no, pues no le cobro nada. De regalo lleva un cuartito de paciencia, cortesía de la casa. – y sonriente le pasó la bolsa a la señora.
– Mañana no te falto yo aquí. Por estas – y llevándose los dedos cruzados a la boca gesticuló un juramento digno de mención.
– Creía que ya no fiaba nadie – se me escapó.
– No le fío, hemos hecho un trato, no más – me aclaró rápido él- Señorita…
– Es la hija de la Conchi que en paz descanse – dijo Patro.
– Perdón, señora, pero está usted confundida – dije.
– Ah, ¿no eres hija de Concepción entonces?
– Sí que lo soy, pero mi madre no está muerta.
– ¿Estás segura? Yo juraría que sí, lo menos un año hace que no la veo. Y la señora que iba mucho con ella… ay, que no le pongo nombre; ésa también en gloria esté.
– Señora, no invente, que mi madre lo que se ha ido es a vivir al pueblo.
– ¿Y la otra señora? – insistió.
– No sé a quién se refiere.
– Me parece a mí que está hablando de la tía de Mari Mar – apuntó doña Carmen.
– Pues esa señora lo que está es en una residencia, es la tía de mi amiga.
– ¿Entonces quién se ha muerto?
– Nadie señora. Deje ya de ir matando gente. Conchita está viva y coleando en el pueblo y la señora que tampoco ve está metida en una residencia, con peor suerte que mi madre.
– ¿A quién le toca? – la voz del charcutero sonó como un tararí poniendo punto en boca.