La Gautier I

Esta mañana cuando venía de comprar naranjas en el Huevas me encontré con mi amiga MariMar. El Huevas es el apodo del dueño del undécimo ultramarinos que han abierto en mi barrio. Entre sus ofertas de apertura incluyó un cartel manuscrito de Huebas de Vacalao… deduzca el lector. Tremendo el marketing, la campaña le salió por euro y medio calculo. En fin, me topé con ella. MariMar es una romántica empedernida, de las golosas, capaz de sacar tres telenovelas de un precinto de garantía. Hacía cantidad que no la veía y por educación le pregunté de dónde venía. ” De un entierro” me dijo, y ya me entraron las prisas, pero ella es de conversación laxa así que saqué mi vena cotilla.

-Pues hija, que ayer fui a ver a mi tía a la residencia y cuando llegué pues me enteré de que se había muerto la Gautier. Todo el mundo allí conoce la historia de la Gautier, todos la apreciaban y ha ido mucha gente a su entierro pero nadie estaba triste por su muerte y comprendo el por qué. Yo he ido más que nada acompañando a mi tía que se había empeñado en despedirse. Y empezó su historia.

“Virginia, aunque todos se referían a ella como la Gautier, fue la pequeña y única niña de los tres hijos de un matrimonio acomodado de la ciudad. Todos los decían, y me incluyo porque vi una vez una de sus fotografías, que era hermosa de verdad. Vivian en una casa de dos plantas con cierto aspecto señorial, no eran ricos pero tenían abundancia. Haciendo esquina casi enfrente se encontraba la mejor casa de toda la calle. Se veía con claridad desde la ventana de Virginia en el segundo piso y estuvo vacía muchos años hasta que contando ella con dieciséis observó cómo la preparaban para la llegada de nuevos inquilinos. Pronto llegaron una viuda de unos cincuenta que a ella le pareció una anciana y sus dos hijos que venían a estudiar a la capital. El pequeño tendría doce y el mayor unos veinte e iba para médico. Y ella se prendó del muchacho mayor. El hombre más guapo y encantador sobe la faz de la Tierra, aunque jamás llegó a cruzar una sola palabra con él. Comenzó a albergar en su corazón un amor desmedido, salvaje, alimentado por las imágenes que ella rellenaba y daba forma en sus fantasías. Era tanto lo que lo amaba que le dolía, pero impensable en aquellos tiempos que ella se acercara a él, esperaba imaginando historias que siempre acababan en boda. Se casó con él infinidad de veces, con su amor de pelo anillado y profundos ojos negros, un auténtico amor platónico, que nunca se acaba, que nunca defrauda, que jamás se realiza. Lo más parecido que tuvo nunca a una relación con él fue pasar junto a su lado en una ocasión, tan de cerca que él pudo oler el perfume de camelias que ella llevaba; comentó en voz alta lo delicioso de aquel aroma y se volvieron amapolas los blancos pómulos de la Gautier que desde entonces no pasó ni un día sin bañarse en su fragancia.

La mañana que murió él, Virginia se despertó con los escalofríos de una fiebre de cuarenta grados. Todo su ser se estremecía presagiando la desgracia. La noticia del accidente conmocionó a todos los vecinos y conocidos y a la enfermedad del cuerpo de  Virginia se unió el desgarro de su alma, postrándola en cama e impidiendo que acudiese ni a misa ni a funeral. Dos meses pasaron hasta que tuvo fuerzas para ponerse en pie y seis hasta ser capaz de salir de su casa. El primer sitio al que se dirigió tras su semestre de reclusión fue a la casa de la esquina.”

-Madre mía, te dejo que no me da tiempo a poner los garbanzos.

-Espera, espera, espera Mari. Termina de contarme lo de esta mujer primero.

-Chiquilla que no puedo, no tengo hecha comida. Cuando te vea recuérdamelo y te lo termino de contar, que te vas a quedar… qué lástima la pobre.

-Coño Mari, yo te compro un pollo asado, espera y me lo cuentas.

-Qué gracia tienes joía, mira que eres…

-Cotilla, no te cortes Mari, soy una cotilla.

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