Canela Pura I

Ayer me llamó Puri la droguera. Resulta que el otro día entré a comprar un bote de crema porque ando mutando dérmicamente a lagartija y me enganchó para apuntarme a una rifa. Según ella oportunidad única para su clientela más selecta de llevarse gratis una cesta con una selección de productos de lo más variopinta, muestra del magnífico surtido con el que cuenta su establecimiento. Así, palabra por palabra. Pues me ha tocado. No di crédito, porque a mí nunca me toca ningún premio bueno en rifas, tómbolas o sorteos.

Total que bajé por la tarde a recoger mi cesta y para la ceremonial entrega estaban presentes las tres generaciones de Purificación de la casa. Puri que es la intermedia y lleva la tienda, su hija Rita que es muy moderna para llamarse Puri, Mari Puri o Purita como le dice su madre y, con orgulloso gesto premio en mano, doña Pura la chata, fundadora y jubilada. Doña Pura la pobre mía ni era chata ni nada, con el tiempo entendí que el sobrenombre se lo puso la gente por no ser excesivamente cruel con ella porque era una señora tremendamente agradable con un tremendamente espantoso labio leporino. De niña mi madre se sentía orgullosa de que fuese la única que no preguntaba qué le pasaba a esa señora en la cara. No tenía la necesidad de tirarme del brazo ni dedicarme miradas de reproche, aunque yo miraba a doña Pura, con curiosidad y mucho disimulo. Pero he de reconocer que nunca pregunté porque ya sabía lo que era un labio leporino. Así que gracias a Mark Twain, Las aventuras de Huckleberry Finn, Joanna Wilkes y su peculiaridad no me faltó de niña mi barra de cacao o mi muestra de colonia cuando acompañaba a mi madre a comprar. Es más, sospecho de más que no me tocado la cesta por pura casualidad. Me enterneció mucho verla allí de pie, esperando para hacerme entrega de tan exquisita selección.

  • Doña Pura, qué alegría me da verla. – y lo dije completamente en serio.
  • Ay mi niña, cuánto me alegro de que te haya tocado a ti la cesta de la rifa. Cuando me enteré de que era para la hija de Conchita quise venir a saludarte. – las lágrimas se le saltaban – Qué bien te educó tu madre.

La abracé con un nudo en la garganta y excusé mi excesiva prisa en que tenía esperando una montaña de trabajo. Detesto ser el centro de atención y mucho menos la protagonista, así que me fui con mi regalo a casa. Llegando al portal ya me esperaba doña Carmen.

  • Anda qué suerte.
  • Es de la droguería de la Puri doña Carmen, la cesta del sorteo.
  • Lo sé, lo sé. Ya sabía yo que te había tocado a ti. Ha bajado al final la vieja a dártela?
  • Perdone? La vieja?
  • Sí, coño, la chata.
  • Me la ha entregado doña Pura, si es lo que pregunta.
  • Qué lástima de señora. Toda la vida con eso en la cara. Siempre ahorrando para arreglárselo y nunca ha podido.
  • Doña Pura quería arreglarse el leporino?
  • Pues claro y quién no. Pues no trabajó como una mula toda su vida ni ná, y ni al cine iba. Potajes de garbanzos día sí y día no persiguiendo con el garbanzo negro a la Puri y luego a la Purita para que le salieran guapas.
  • Pero…
  • Pero… la Puri le salió preñá y le montó el piso para casarse. Y cuando se volvió a recuperar la Purita no hacía más que llorarle porque estaba plana y nunca tenía nada que ponerse… a tomar viento los ahorros. Y con la pensión de jubilada y esa nieta tonta… porque guapa ha salido a base de garbanzos pero mimada y superficial como ella sola. Y el novio? Qué me dices del novio? Anda que…
  • Doña Carmen, me va a perdonar pero llevo prisa y el obsequio pesa.
  • Sube, sube, conociéndote estarás deseando cotillear lo que lleva.

 

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