Le perre

Desde que he vuelto del pueblo se me acumula la plancha. Mi amiga MariMar se ha separado del marido, cosa que únicamente sé por parte de doña Carmen porque, lo que es la interesada, ni me coge el teléfono ni me contesta a un triste mensaje de whatsapp. Una mierda como un piano; me está castigando; me mata.
La noche que regresé bien que me tentó mi mentora con su cotilleo y mis ganas de beber vino. Se nos calentó el pico a las dos. Terminamos de madrugada con los pies apoyados al fresco del balcón, haciéndole compañía a las macetas de geranios, deshojando confesiones a la luz de la farola. Como sabe sonsacar la muy zorrona. Y es que en el pueblo el tiempo pasaba lento y yo me aburría cantidad esperando a que mi madre se le colmase la paciencia, y ya se sabe que cuando el diablo se aburre mata moscas con el rabo.
Al principio no sabía bien quién me había mandando el mensaje. Era un simple binomio de reconocimiento, en plan ” hola guapetona” o una caca similar pero, como eran las cuatro de la tarde y no tenía más conversación que la que me daban las aspas del ventilador, contesté.
Tardé poco en averiguar que era el marido de mi amiga, aun así me arriesgué a ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar con la tontería, sobre todo porque al principio creí que era ella misma que me hablaba desde su móvil. Bueno y… porque estaba aburrida y… porque soy una cotilla.
Corté el tema antes de que se pusiera calentito, pero mucho me temo que ella pudo haber leído la conversación y pensar lo que no es. Y que a raíz de una cosa tan absurda como aquella se iniciara la pelea que los condujo a la hecatombe marital. Me siento fatal. No por ellos porque, francamente, el tío es un gilipollas de marca mayor cuya única virtud es el grácil manejo de los signos de puntuación. Ella es una buena persona. Yo soy una egoísta que solo piensa en que todo esto la ha pillado en medio. Y me reitero, no me gusta un pelo.
En fin, que me paso ahora el rato sube y baja dando vueltas con la esperanza de y el temor a encontrarme con ella, escuchando música con los auriculares puestos, haciendo compras de lo más bizarras y después lo que me pasó ayer por la tarde todavía más.
Resulta que volvía de comprar media docena de tornillos con sus tuercas, del modelo “estos mismos” de la ferretería y un par de cogollos de lechuga de la recova que, sorprendetemente, cuando los tienen es donde más frescos y a mejor precio los encuentras, cuando me sentí de repente observada por un animal que parecía perdido o abandonado. Me paré mientras cantaba a dúo con el señor Collins ” I feel so good, if I just say the word, C’mon c’mon Su-Su-Sussudio ” y se me acercó a escasos pasos. Seguí caminando despacio sin quitarle ojo y canturreando. “Sussudio”, y se me acercó de nuevo. Esta vez consiguió toda mi atención. Me quité los auriculares y lo observé detenidamente. No soy muy buena en biología, pero determiné que era sin lugar a dudas un espécimen del género cánido, de tamaño mediano con muy malos pelos y una mirada muy viva. Me agaché y lo llamé .
— Sussu, Sussudio, eh Sussu. — y el animalito se acercó con la naturalidad del que se sabe llamado por su nombre.
Continué de cerca la inspección pero por más que lo examinaba desde uno y otro ángulo no era capaz de discernir su género. Me miraba esperando algo de mí y al margen de los tornillos lo único de comer que llevaba eran los cogollos, así que les arranqué unas cuantas hojas tiernas y se las ofrecí. Se las comió rápidamente. Me puse en pie otra vez.
— Bueno, ahí te quedas, tengo que marcharme. — comencé a dar pasos lentos y me siguió hasta el portal. — Mierda, no me sigas, no puedes subir. Ya te he dado lechuga. Si yo no tengo carne en casa, no la como. Te convedría más un humano aficionado al salchichón. Conmigo no… Te bajo agua, pero ya está.
Subí rauda y le bajé un cuenco con agua del grifo. Se la respiró.
— Y ahora qué. Está bien, mira perro, perra, perre o lo que seas, a mí eso no me importa la verdad. Lo único que te dejo claro es que, si quieres quedarte en mi casa mientras averiguamos de dónde vienes, ese pelo te lo lavas.
— Mira que si te contesta… — doña Carmen en otra vida debió ser radar. — No pensarás quedarte al chucho este, ¿ verdad ? Yo no tengo nada en contra de los animales, pero no quiero perros ladrando de noche ni meándose en la puerta.
— Uf, me da pereza contestarle hoy. No sé lo que voy a hacer, pero no puedo dejar al animal en la calle. Voy a darle un baño, comida y un techo hasta que averigue algo. Mañana iré a una clínica veterinaria a que le pasen el detector del microchip. Mientras tanto puede considerarlo en estado de asilo.
— Ojú, este ya no sale de aquí, verás. ¿ Y es perro o perra ? Porque los machos marcan.
— Es perre.
— Perre.
— Sí, perre. No tiene género conocido, conocido por mí al menos. Yo no le veo nada.
— Será un perro de estos modernos. Bueno, lo importante es que no ladre. Tu verás cómo lo haces, pero a mí que no me de por saco por las noches, ni a la hora de la siesta, ni temprano en la mañana.
— No se preocupe por eso, es mudo.
— ¿ Mudo ? ¿ Y eso cómo lo sabes ?
— Porque me lo ha dicho.
— Pues no sabía yo que había perros mudos.
— Eso es porque ha conocido a pocos doña Carmen. Pero ya le digo. Ah, y le gusta la lechuga, tiene mucha mierda encima y buen gusto musical. Aparte de eso no sé más.
— ¿ Y de la MariMar sabes algo ?
— Lo mismo que usted supongo… Sussu vamos, eh vamos.
Y subimos corriendo como si nos fuera la vida en ello.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s