Me pone cuarto y mitad II

– Mi perra se come sistemáticamente mis bolsos; no sé cómo lo hace. Se alimenta básicamente de cuero de las mejores marcas, por eso me he comprado este espanto sintético. Qué quieres que te diga, un bolso es un bolso; es bien mono y no me va a escocer si se lo come.
– No, le escocerá a ella, porque es plástico puro Loli.
Un codazo rompió mi concentrada atención sobre la conversación de las señoras que guardaban cola en la recova. Era doña Carmen.
– No seas tan descarada. Por cierto, la perra no se ha comido sus bolsos buenos ni nada. – empezó por lo bajini – Lo que pasa es que los ha tenido que vender todos por nada y menos. El marido, problemas con el juego me han dicho. La Loli lo sabe, pero ellas se entienden. – y me hizo un guiño extraño.
Yo volví a la carga con renovado interés en la conversación.
– Mira Loli, si a ti te gusta te hago yo uno de crochet del color que quieras, así si la perra se lo come no le hará daño. Yo los hago para mí, les pongo un forro de algodón.
– Por mí vale pero que falta no hace. En beis que pega con todo.
Me volvía de un lado a otro sin querer perder puntada de ninguna conversación mientras intentaba seguirle el cuento a los que no dejaban de darme palique. Fue entonces cuando al avanzar en el turno pudimos acercarnos más al mostrador donde se despachaba y tener acceso al género.
– Ahora empieza lo bueno de verdad niña. Atenta. – observó mi mentora.
– Ni lo dude.
La voz del charcutero sonó por encima de todas con el eco propio de un tenor.
– ¿Quién va ahora?
– Me toca a mí, Palomino – se apresuró una señora de avanzada edad en contestar.
– Doña Patro, ¿qué necesita hoy? ¿Vienen sus nietos a merendar?
– Ay, Mino. Sí que vienen y yo es que ya no sé qué darles a estos niños. Me los deja mi hijo hasta que los recoge la madre, que por cierto desde el divorcio ni me mira a la cara. Casi ningún día se comen el bocadillo, da igual lo que les ponga. No me hablan, no me miran, sólo están allí esperando con su móvil, su consola y esas cosas modernas que les gustan a ellos, ya sabes.
– No se preocupe usted, eso es normal hoy día mujer. Le voy a poner un poquito de este jamón serrano que yo le aseguro a usted que triunfa con los niños, y si no es así… vamos, que no se lo cobro hasta que no se lo coman. Le echo también una pechuga de pollo rellena para que cuando llegue su nuera a por los niños se la dé para la cena; verá cómo le cambia la cara. Usted venga mañana, si los niños se comen el jamón y la madre se pone contenta me paga, y si no, pues no le cobro nada. De regalo lleva un cuartito de paciencia, cortesía de la casa. – y sonriente le pasó la bolsa a la señora.
– Mañana no te falto yo aquí. Por estas – y llevándose los dedos cruzados a la boca gesticuló un juramento digno de mención.
– Creía que ya no fiaba nadie – se me escapó.
– No le fío, hemos hecho un trato, no más – me aclaró rápido él- Señorita…
– Es la hija de la Conchi que en paz descanse – dijo Patro.
– Perdón, señora, pero está usted confundida – dije.
– Ah, ¿no eres hija de Concepción entonces?
– Sí que lo soy, pero mi madre no está muerta.
– ¿Estás segura? Yo juraría que sí, lo menos un año hace que no la veo. Y la señora que iba mucho con ella… ay, que no le pongo nombre; ésa también en gloria esté.
– Señora, no invente, que mi madre lo que se ha ido es a vivir al pueblo.
– ¿Y la otra señora? – insistió.
– No sé a quién se refiere.
– Me parece a mí que está hablando de la tía de Mari Mar – apuntó doña Carmen.
– Pues esa señora lo que está es en una residencia, es la tía de mi amiga.
– ¿Entonces quién se ha muerto?
– Nadie señora. Deje ya de ir matando gente. Conchita está viva y coleando en el pueblo y la señora que tampoco ve está metida en una residencia, con peor suerte que mi madre.
– ¿A quién le toca? – la voz del charcutero sonó como un tararí poniendo punto en boca.

Me pone cuarto y mitad I

Hay gente muy mierda, hay gente muy buena y hay mucha gente en la recova. Pongámonos en situación, real como la vida misma, fresca fresca de esta mañana. Bajé a buscar conversaciones a las que pegar la oreja como de costumbre y oh! Sorpresa, me topé de bruces con doña Carmen.

– ¿ A dónde vas pajarillo ?

– Pues… a hacer recados, ya sabe usted.

– Vamos, vente conmigo a la recova, verás qué ofertas y cómo se pone de gente.

– Usted sólo quiere que vaya para que la ayude con las bolsas.- Me miró de soslayo.

– Voy a comprar media docena de huevos y algún cuarto de chacina, pero tú vente, se echa el rato.

Me encanta el comercio de barrio de toda la vida y con una cicerone como ella era imposible rehusar.

– Pues vamos allá. Ya que estamos sabe usted si tendrán algún embutido veggie o tofu al corte?

– Embutidos tienen muchos. A mí esa marca no me suena pero pregunta; los toffes allí no, eso en la confitería que los venden al peso. Si compras dame uno que yo no puedo por el azúcar.

– No es una marca, es embutido sin carne. Y tofu no toffes, que se me lía.

– Te digo yo que no, se dice toffe de toda la vida. Y un embutido sin carne cómo va a ser, eso no tiene lógica. Si no quieres comer carne, para qué coño quieres un embutido que parezca carne pero no lo sea?

– Ay, mire señora, vamos a dejarlo.

– Mejor será porque me pones las entendederas locas.

Tardamos poco en llegar a la puerta de la recova. El establecimiento en sí de entrada parecía poca cosa; rótulo austero, pocos metros,pocos enseres… pero sólo eso, sólo lo parecía. Doña Carmen pidió la vez a una señora de mediana edad que se abanicaba con mucho afán y nos colocamos con fina estrategia a esperar nuestro turno. El local estaba literalmente abarrotado y mucha gente salía fuera a esperar su momento pero nosotras conseguíamos controlar a todo el personal.

– Tenemos un grupo de WhatsApp, sabes? – me giré y miré a la mujer que me hablaba – Tu eres nueva aquí comprando, no te he visto nunca, vienes con Carmen?

Yo la miraba inquisitiva sin contestar, pues si la premisa de su conversación no dejaba de ser cuanto menos atípica, lo que me tenía buscando respuesta era que ella no me resultaba extraña. Hasta que caí en la cuenta… Esta tía es la del melodrama del coño cano. Joder… espera… y me está diciendo que tienen un grupo de qué?

– Perdona – porque tardé en contestar – me decías? Vengo con Carmen, sí. Me dices algo de un grupo?

– Sí, que tenemos un grupo de WhatsApp. Los que venimos regularmente a comprar aquí, y a esperar el turno, porque como verás aquí se arma uno de paciencia.

– Aaah…

– Los que esperan.

– Disculpa?

– El grupo, se llama así. Los que esperan. Somos más de veinte ya.

– Y quién es el administrador del grupo? – pregunté con naturalidad .

– Pues el charcutero, quién si no, fue suya la idea.

Doña Carmen me hizo un gesto con la cabeza a modo de “ ves, te lo dije” y yo le respondí con otro en plan “ me quito el sombrero; merece usted ser nombrada cotilla mayor del reino y la ciudadela, no soy más que una aprendiz a su vera, esto no me lo esperaba para nada, etc, etc” aunque no creo que lo captase todo, presumo que entendió la esencia. Eso y que me acababa de hacer fan total del charcutero.