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Aventuras de una escritora cotilla relato

A la mierda

—Por favor pasa y siéntate. Mari Mar, creo que sería mejor que hablásemos sobre lo que…—pero enseguida me cortó y se puso en plan Blanche Dubois.
— Soy joven y guapa, me fluye la sangre en las venas. Debería tener sexo cuando quisiera y con quien yo quisiera pero no lo tengo. He vivido atada a un hombre que no me tocaba. Me quiere, o eso dice él, pero no me tocaba ni con un palo. Tendida en mi cama boca arriba mirando el techo noche tras noche soportando mi sed de vodka y tabaco, con un hombre al que yo escogí tendido a mi lado que ni come ni deja comer al amo.
—Pero si tu no fumas.
—¿He de suponer entonces que ya no me soporta? No le caigo ni bien.
—Debe ser difícil el sexo con alguien que no te cae bien.
— A menudo siento miradas de soslayo y envidia de otras menos agraciadas que yo, las conozco, sé lo que piensan, que tu vida es más fácil porque eres guapa. ¿Ves? Como tú ahora mismo.
—¿Qué quieres que te diga?¡Te tocó la lotería genética chica!
— No saben ellas que por el mero hecho de ser libres tienen más fácil echar un polvo que yo, aunque no sea eso lo que anhelan, siempre será mejor que nada… ¿o no?
—Eh… ¿no? O sí. O no. Bueno qué sabré yo con esta cara de haba que Dios me ha dado. Sigue, sigue por favor.
— Hacía tiempo que Juan no me soportaba, lo noté. Mis pequeñas manías antaño adorables o graciosas fueron degradando del no me importa al me tienes hasta los cojones, claro que él no tiene tan mala lengua. Siempre tan contenido, tan educado… No me echaría un polvo por no tratarme como a la carne, cuando a veces no soy más que eso, carne húmeda y caliente que necesita que la toquen. Me pregunté mil veces cuánto tiempo tardaría en mandarme al infierno, no literalmente, que eso sería una grosería, pero sí de forma involuntaria. Negligencia emocional se llama, lo leí en una revista de esas serias. Y yo estaré de su negligente patada en el culo perdida de nuevo en el abismo. Y no lo veía venir…
—Oye, cuanto lo sien…
—Es como eso de no entender el asco que me da comer fuera de casa.
—No te sigo.
— No quiero comer lo que otro ha preparado, qué sé yo lo que habrán tocado esas manos antes de emplatar. Si han estornudado sobra mi ensalada, rascado un moco seco de la nariz o si algo de valor aprovechable cayó al suelo y rebotó de vuelta a la bandeja. Me muero de asco sólo de pensarlo. Comer así se convierte en algo más que temerario, una misión casi suicida diría yo. Y aún así yo iba y comía fuera con él. ¿No podía obviar el hecho de que limpiase los cubiertos antes de usarlos? ¿Qué era eso comparado con el sacrificio que yo hacía, qué importancia tiene que frote el tenedor con la servilleta? Por el amor de Dios si me estoy jugando la vida por ti.:. Pondera hombre, pondera, en casa enjuago los vasos tres veces antes de beber en ellos y los friego yo. ¿Qué demonios esperabas? Yo desde luego buffet libre de miasmas con postre de incomprensión desde luego que no. Así que me compré un complemento de esos eróticos por internet. Aún no lo he usado, temo una electrocución vía genital o que me dé urticaria su material hipoalergénico. Bueno, ahí está escondido en lo recóndito del armario, hay que estar preparada.
—Eeeeh vale. Entonces ¿no estás enfadada conmigo?
—Nooo, para nada. He subido a pedirte un favor.
—¿Un favor?
—Sí, bueno, eres la única amiga soltera que tengo y doña Carmen me ha dicho que tú sabes manejarte con las nuevas tecnologías y que me ayudarías a crearme un perfil y usar el Tin…
—No me digas más. Tu saca el móvil que yo saco las cervezas.
Y por primera vez desde que encontré a Sussu volví a sentirme útil. Y estupefacta.