Tormento

Soy el alarido que rompe el silencio
en mitad de la noche
la gota de sudor frío
que recorre tu espalda
el quiebro de tu voz
el nudo en la garganta

Soy el insomnio que reina en tu cama
la mirada clavada en el techo
la punzada en la sien
el dolor en el pecho
quien quisiste y no pudiste

Soy el camino desechado
la oportunidad extinguida
el cómo quién cuándo y por qué
la respuesta que no hallarás nunca
ese sitio al que no puedes volver

Soy la memoria de alguien extraño
las opciones que dejaste correr
la envidia, el fracaso y la desidia
que llevas tatuados en la piel
tus sueños jamás logrados
y la esencia de tu propio ser.

La Gautier I

Esta mañana cuando venía de comprar naranjas en el Huevas me encontré con mi amiga MariMar. El Huevas es el apodo del dueño del undécimo ultramarinos que han abierto en mi barrio. Entre sus ofertas de apertura incluyó un cartel manuscrito de Huebas de Vacalao… deduzca el lector. Tremendo el marketing, la campaña le salió por euro y medio calculo. En fin, me topé con ella. MariMar es una romántica empedernida, de las golosas, capaz de sacar tres telenovelas de un precinto de garantía. Hacía cantidad que no la veía y por educación le pregunté de dónde venía. ” De un entierro” me dijo, y ya me entraron las prisas, pero ella es de conversación laxa así que saqué mi vena cotilla.

-Pues hija, que ayer fui a ver a mi tía a la residencia y cuando llegué pues me enteré de que se había muerto la Gautier. Todo el mundo allí conoce la historia de la Gautier, todos la apreciaban y ha ido mucha gente a su entierro pero nadie estaba triste por su muerte y comprendo el por qué. Yo he ido más que nada acompañando a mi tía que se había empeñado en despedirse. Y empezó su historia.

“Virginia, aunque todos se referían a ella como la Gautier, fue la pequeña y única niña de los tres hijos de un matrimonio acomodado de la ciudad. Todos los decían, y me incluyo porque vi una vez una de sus fotografías, que era hermosa de verdad. Vivian en una casa de dos plantas con cierto aspecto señorial, no eran ricos pero tenían abundancia. Haciendo esquina casi enfrente se encontraba la mejor casa de toda la calle. Se veía con claridad desde la ventana de Virginia en el segundo piso y estuvo vacía muchos años hasta que contando ella con dieciséis observó cómo la preparaban para la llegada de nuevos inquilinos. Pronto llegaron una viuda de unos cincuenta que a ella le pareció una anciana y sus dos hijos que venían a estudiar a la capital. El pequeño tendría doce y el mayor unos veinte e iba para médico. Y ella se prendó del muchacho mayor. El hombre más guapo y encantador sobe la faz de la Tierra, aunque jamás llegó a cruzar una sola palabra con él. Comenzó a albergar en su corazón un amor desmedido, salvaje, alimentado por las imágenes que ella rellenaba y daba forma en sus fantasías. Era tanto lo que lo amaba que le dolía, pero impensable en aquellos tiempos que ella se acercara a él, esperaba imaginando historias que siempre acababan en boda. Se casó con él infinidad de veces, con su amor de pelo anillado y profundos ojos negros, un auténtico amor platónico, que nunca se acaba, que nunca defrauda, que jamás se realiza. Lo más parecido que tuvo nunca a una relación con él fue pasar junto a su lado en una ocasión, tan de cerca que él pudo oler el perfume de camelias que ella llevaba; comentó en voz alta lo delicioso de aquel aroma y se volvieron amapolas los blancos pómulos de la Gautier que desde entonces no pasó ni un día sin bañarse en su fragancia.

La mañana que murió él, Virginia se despertó con los escalofríos de una fiebre de cuarenta grados. Todo su ser se estremecía presagiando la desgracia. La noticia del accidente conmocionó a todos los vecinos y conocidos y a la enfermedad del cuerpo de  Virginia se unió el desgarro de su alma, postrándola en cama e impidiendo que acudiese ni a misa ni a funeral. Dos meses pasaron hasta que tuvo fuerzas para ponerse en pie y seis hasta ser capaz de salir de su casa. El primer sitio al que se dirigió tras su semestre de reclusión fue a la casa de la esquina.”

-Madre mía, te dejo que no me da tiempo a poner los garbanzos.

-Espera, espera, espera Mari. Termina de contarme lo de esta mujer primero.

-Chiquilla que no puedo, no tengo hecha comida. Cuando te vea recuérdamelo y te lo termino de contar, que te vas a quedar… qué lástima la pobre.

-Coño Mari, yo te compro un pollo asado, espera y me lo cuentas.

-Qué gracia tienes joía, mira que eres…

-Cotilla, no te cortes Mari, soy una cotilla.

El drama de la cana en el coño

Ya sé que suena brutal, pero después de darle más de veinte vueltas al título y a cómo plantearlo no he podido más que sucumbir a la realidad pura y dura. Una cana, la primera cana, una cana femenina… y le sale en el coño.

Esta mañana, en mi caza y captura de historias que contar en lo que mi musa decide si va o viene de dónde le sale a ella estar, decidí acampar en una cafetería poco concurrida. Una mesa disimuladamente bien centrada. Un café para vencer el frío. Un modo cotilla extremo… pero nada, nada de interés que narrar. Entonces, como el maná caído del cielo se me sentaron al lado dos amigas, o hermanas, o madre e hija, eso no importa. Una a tope de cafeína y la cara desencajada de ganas de hablar, la otra en pose de buena consejera. Cuando eres cotilla profesional como yo hueles que hay tema. Me estaba meando a reventar.

-Me cago en la puta. Qué amargura te lo juro, es que es muy fuerte. Porque dime tú si no es verdad, dime que no tengo razón.

-Mujer no te pongas así que es sólo una cana.

-Sólo una cana? Una cana? Ni una cana tenía yo hasta esta mañana, ni una. Mira, mira mi pelazo. Nada de nada.

-Ea, pues ahí lo tienes, nada de nada. No veo el problema.

-Que no veas el problema no quiere decir que no exista. Está, está ahí, ahí mismo, ahí abajo. Es mucho peor que llevarlo en la cabeza.

-Vamos a ver, no eres la primera ni la única. Es algo normal, a todos nos pasa. a todo el mundo termina por salirle canas. No le des más importancia. No la tiene.

-No la tendrá para ti, que bien que te tiñes el pelo.

-Como todo el mundo.

-Me das la razón con tus actos. Las canas avejentan.

-Pero si tu no tienes. No te veo nada.

-Porque no me ha salido en la cabeza que no te enteras de nada. Me ha salido una cana en el mismísimo coño. La primera, ahí, bien, a bocajarro.

-Ay! Perdona, no te había entendido. Eso ya es otra cosa.

-Soy un coño viejo, ay Dios mío, un coño viejo.

-Hay tintes para ponerte ahí que lo he visto yo en la tele.

-Estás loca? Si no aguanto ni las bragas de menos de diez euros. Esto es muy serio. Estoy amargada.

-Pero… tienes muchas? Porque puedes depilártelo entero y ya está. Te lo quitas todo y punto.

-Una, que te he dicho que una.

-Pues, quítatela.

-Y me salen siete.

-Pareces tonta. No te sale nada. Te saldrá la misma.

-Pues yo me la arranco, eso me dará tiempo. Que no sé cómo decírselo a mi marido, ni cómo se lo va a tomar. No lo veo preparado.

-Ahí lo tienes. Te la arrancas. Lo mismo no te vuelve a salir. Y si te sale otra vez pues tú la arrancas. Siempre has sido una luchadora. No te dejes vences por una cana, ni aunque sea una cana de coño.

-Ve pagando que voy al baño y te veo fuera.

Tardó un segundo en salir y entré corriendo porque me meaba encima. Y ahí estaba, flotando en el agua azul del váter. Clara, blanca, alba, cana. La cana.

-Así que tu eres la famosa cana. Encantada oye, he oído hablar mucho de ti. La que has liado hija de la gran… .