Categorías
relato

Rifirrafe

—¿Qué haces?
—Me dedico a remendar tu mierda, eso hago. Estoy harta de ir por detrás maquillando tus fracasos. Dime una cosa, ¿sienta bien?
—¿Qué?
—El tener a alguien pendiente todo el día de recoger tus trastos.
—No sé, dime tú si sienta bien
—¿Qué?
—Ir metiendo mierda todo el puto día por el culo de la gente. Eres asfixiante, eres tóxica, eres jodidamente insoportable.
—Y tú no eres incapaz de expresar una micro idea sin soltar millones de palabras malsonantes.
—Soy un violento verbal, qué le vamos a hacer.
—Yo sé lo que hacer.
—Pues venga, adelante, pero deja de quejarte y haz algo más que hablar por una puta vez en tu puta vida.
—Te cortaré tu puta lengua violenta.
—Seré violento en mis escritos.
—Te despojaré de tu pluma violenta.
—Seré violento en mi mirada.
—Te sacaré los ojos.
—Seré violento en mis pensamientos.
—Te sacaré los sesos si hace falta.
—Y así mi alma vagará por los infiernos eternamente y seguirá siendo violenta.
—Pues, ¿sabes lo que te digo? Que siempre estará caliente pero, en el infierno, es malísimo el café.

Categorías
Poesia

Agua

Qué ganas de sumergirme,
profundo.
Los ojos
los pulmones
el corazón,
cerrados.
Y después resurgir
refrescada
de nuevo a coger aire.

Categorías
Aventuras de una escritora cotilla relato

El perfil

Hay un dicho que reza que los borrachos y los niños dicen siempre la verdad pero yo creo que los borrachos dicen muchas tonterías y que algunos niños saben mentir muy bien, yo por ejemplo. Mentía que daba gusto de pequeña cuando me daba la gana y borracha digo sandeces a punta de pala. A veces arreglo el mundo, depende de la compañía, pero nunca me faltan perlas de frenética verborrea alcohólica que denoten que estoy achispada, eso por ser suave. En las sucesivas horas de sobriedad suelo detestarme bastante pero como soy del todo indulgente conmigo misma tiendo a decir y hacer las mismas gilipolleces cada vez que bebo. Y bebí con Mari Mar. He de decir en mi defensa que tampoco es que tenga mucho aguante, un par de cañas, un vino o dos no más porque para mí la tercera es la vencida y en la tercera estaba cuando le abrí la puerta de mi casa a doña Carmen.
—Doña Carmen de mis carnes—sonreí anestesiada—¡Mari Mar!! Mira quién ha venido! Ay por favor pase, pase, nos encantará contar con su ayuda.
—Faltaría más. Ahí es donde yo estoy siempre, donde hace falta. —y como una exhalación se plantó en mitad de mi salón—¿Qué necesitáis que haga?
—¿Qué le parece esta foto para mi perfil de ligoteo, eh? —Mari Mar le metió a doña Carmen el móvil por la cara. — Si usted fuera un tío… ¿saldría conmigo a un cine o una cena?
—Así a bote pronto… Depende de la película. A mí esas de balas, porrazos y tripas no me gustan. Y cenar fuera tampoco, ni comer, prefiero mi casa. Merendar ya es otra cosa. ¿No quieres ir mejor a merendar un chocolate con churros o un pastel de brevas?
—Y tanto, igualito que yo. Que a mi me pasa igual que usted que no me gusta comer fuera. Pero una merienda… eso sí. Donde la Lola la piconera, que no hay mujer más limpia.
—Y sesión de tarde en el cine, pero una película buena.
—De romances.
—Y no otra.
—Doña Carmen ¿le pongo un vino dulce? —interrumpí.
—Venga—dijo frotándose las manos. —Vamos al lío.

Categorías
Microrrelato relato

Madurez 💚

20200118092258

Categorías
literatura Microrrelato relato

No espero a nadie

Sé que estás ahí, no escondido ni esperándome en alguna parte sino viviendo, quizás enamorándote, tal vez herido, ojalá feliz. Algún día, no sé cómo ni dónde ni cuándo se cruzarán las trayectorias de nuestras vidas. Será entonces cuando se produzcan los cambios.
Muchas veces he vuelto a casa pensando que podría haber dejado pasar ese punto exacto; cuando he perdido el metro, he llegado tarde al teatro o decidido no entrar a tomar ese café al pasar por la puerta del bar de camino al trabajo. Porque me propuse hace mucho tiempo no buscarte y si tiene que ser que sea encontrarnos. La mayoría de las veces que te he buscado he terminado por encontrar lo que no buscaba y me estaba buscando. Delirios de mentiras tejiendo un parche a la soledad que se sufre tanto. Pero yo no me siento sola, ni sufro, simplemente es que no amo. Siempre he conseguido todo lo que me he propuesto, que tampoco ha sido tanto, excepto experimentar ese amor que llaman verdadero. Ese amor romántico, ese amor a veces trágico.
En ocasiones salgo con alguien, por temporadas o solo un rato, depende de lo agradable que me resulte acompañarnos. Y lo hago consciente de que no será el gran amor que yo espero hallar algún día, pero mientras llegas y no me tengo que ir alimentando. Conozco a gente interesante, hago amistades, viajo, tengo besos a veces dulces y otras amargos. Y es que es así, conociéndome y sabiendo lo que sí y no me gusta como te voy encontrando.
Por eso cuando salgo cada mañana al mundo lo hago arreglada, por si me encuentro contigo, con una sonrisa de gala. Porque sé que esa persona con la que viviré una gran historia está también caminando ahí fuera, preguntándome por dónde, qué hará y esperando que esté bien.
Y mientras dura el trayecto del metro me imagino bajar del vagón y chocarme de pronto contigo, se para el mundo ese instante en el andén, y yo, que para nada he sido nunca una romántica te pregunto:
— ¿Dónde has estado toda mi vida?
Y tú me contestas:
— Convirtiéndome en la persona que tenías que conocer.

Categorías
literatura relato

La chica que vivió allí

 

Sinopsis de la novela.

La asfixia de una chica de aspecto mediocre se ve amortiguada por la vida que imagina observando a través de su ventana, obsesionada con su amor platónico. Un día ocurre algo que lo cambiará todo arrojándola de golpe a una nueva realidad que jamás hubiera esperado. Su búsqueda de respuestas la llevará a aceptar trabajar en un club donde tendrá que aprender a desenvolverse. Allí conocerá a Leo, un cura nada usual y , en un ambiente de recelo y venganza, se desencadenará una serie de acontecimientos que cambiarán la vida de todos para siempre.

Con ilusión y agradecida os comparto la sinopsis y la imagen de la portada de esta pequeña historia que ha visto la luz estos días. Se trata de una novela corta que podéis encontrar en Amazon tanto en formato papel como electrónico. Si os apetece leerla os dejo el enlace, aunque con teclear en el buscador “la escritora cotilla” os saldrá a la primera. Agradecimiento especial al genial artista que ha creado la ilustración de la portada. Pronto os dejo un fragmento.

https://www.amazon.es/chica-que-vivi%C3%B3-all%C3%AD/dp/1671063929/ref=asap_bc?ie=UTF8

 

 

 

Saludos y buenas lecturas!

 

Categorías
Microrrelato

Casa compartida

casa imagen

Categorías
Microrrelato relato

Con un par

IMG_20191130_094645_511

Categorías
Aventuras de una escritora cotilla relato

Sissi emperatriz

Sussudio ha resultado ser una perra. La llevé al veterinario después de pasarla por agua y jabón varias veces. Enjabonar, aclarar y repetir; enjabonar, aclarar y repetir, así hasta que me quedé sin champú y fue apareciendo el ser que habitaba detrás de la mugre.
Como no podía ser de otra manera no tenía microchip, ni dueño al que avisar de que está extraviada ni casa a la que por el momento volver más que la mía. La buena noticia fue que, según el reconocimiento del veterinario, un tío de lo más majo que no me cobró nada, parecía estar en un óptimo estado de salud. Le hizo una foto a Sussu y le dejé mis datos por si preguntaban por ella o se enteraba de alguien que estuviese interesado en adoptarla y le compré una bolsa de pienso vegano; la noche anterior se había cenado una manzana y un par de salchichas de tofu.
Ya de paso adquirí para ella un arnés y una correa con estilo porque la había llevado sujeta con una cuerda atada a un cinturón que le daba tres vueltas al cuello a modo de collar, así que si a la ida la gente nos miraba a la vuelta nos miraban igual, pero fue todo más cómodo.
— ¿Qué te ha dicho el médico? —doña Carmen me salió al encuentro en la escalera.
— ¿Qué médico?
— El de la perra.
— Ah, vale. Pues nada, que está bien, pero sin chip ni dueño de momento, ¿verdad Sussu?
— Entonces no le pasa nada.
— Nada de qué.
— Que es fea.
— Cómo que fea.
— Que es fea, es una perra muy fea.
— Sussu no es fea, simplemente tiene una belleza peculiar. Eso es todo.
— ¿Le has echado colonia? —se agachó para olerla.
— Un poco nada más. Es especial para perros, mire, la traigo en la bolsa, ¿quiere echarse un poco? Es de vainilla.
— Deja deja. La Sissi huele a madalenas, pero sigue siendo fea.
— No es Sissi, es Sussu.
— ¿Sussu? ¿Y qué nombre es ese? Eso ni es un nombre ni es nada, te lo has inventado tú. Sissi es mejor.
— Como la emperatriz.
— Pues sí. Anda que no me gustaban a mi de niña las películas suyas. Todas me las veía. Qué bonitas eran… con la Romy… no era guapa ni nada.
— Claro que sí. Pero es que Sussu no tiene un porte muy regio.
— Normal, a saber qué le has dado de comer.
— Pues le he comprado un saco de comida; mire aquí lo llevo. Me ha costado una pasta.
— Porque será de esa moderna que a ti te gusta.
— Es comida para perros, no creo que a mí me gustase.
— ¿La has probado?
— Yo no. Ay, no me lie señora que llevo prisa.
— ¿Prisa para qué?
— Para hacer mis cosas, bajar a comprar…
— A ver si te encuentras con la Marimar que iba a la recova hace un rato. Me ha preguntado por ti. El Pedrito le ha dicho que te habías encontrado un perro, ya sabes cómo le gustan los animales a ese niño.
— No me diga.
— Tal cual. ¡Ah! Y que no se te olvide recoger el correo del buzón. Que te habrá llegado una como esta.
— ¿Eso es una invitación de boda?
— Habemus bodorrio. Se nos casa la tercera generación de las Puras.
— ¿Rita? ¿La hija de Puri la droguera?
— La misma. Y viene con una muestra de colonia.
— ¿El qué?
— La invitación. Trae una muestra y un cupón para detergente. Están tirando la casa por la ventana.
— Por Dios. Bueno que me voy. Voy a subir a Sussu a ver si pillo a Marimar.
— Sí, eso, corre. Sube a Sissi.
— Sussu.
— Sissu.
— Sussu.
— Sussi.
— Sussu.
— Sissi.
— Eso Sissi. Digo no. Sussu. Bueno mire, llámela como le dé la gana.

Categorías
Aventuras de una escritora cotilla relato

He vuelto

Madre mía, qué ganas de volver a casa. Pese al viaje en autobús que se me ha hecho eterno y tener que seguir a pie desde la estación hasta la calle donde vivo, lo cierto es que echaba mucho de menos esta ciudad insoportablemente calurosa que me recibe desplegando su alfombra de cemento achicharrado por el sol. Y eso que ya ha caído la tarde. Ni me imagino la sobremesa. Estoy a punto de alcanzar el portal, con un río de sudor que me recorre la espalda y dos pantanos por sobacos cuando sale a mi encuentro el comité de bienvenida. Y de veras que me alegra.
— Doña Carmen de mi alma. — todo mi cuerpo celebra alcanzar el frescor del zaguán.
— Dichosos los ojos. Se te ve cansada niña
—Dos meses de manicomio… calcule. Usted está como siempre.
— ¿ No estabas en el pueblo cuidando de tu madre ?
— Pues eso.
— ¿ Y qué tal está de la pierna, puede andar ya ?
— Cojeando, pero sí. Y lo primero que hizo, después de poner un puchero para que comiera siquiera un día como Dios manda , fue ir directa a sacarme un billete de autobús para mandarme a casa.
— Mira que es buena tu madre.
— La mejor que tengo.
— Bueno, y qué tal estas semanas allí?
— Bueeeno, si obviamos el maremagnum de heces emocionales … en general…
— Qué dices.
— Un poco una mierda, para entedernos. ¿ Y usted no fue a visitar a su hemana la que vive en el norte ?
— Sí, sí que fui. Me volví hace una semana, harta de llevar una rebeca de punto gordo. Para mí es que no es verano si no puedes quejarte del calor.
— Y de los mosquitos, y de lo que sube la factura de la luz con el aire acondicionado y el ventilador todo el santo día puestos.
— Amén niña, amén. Oye y me has traido algun detalle? Como tu madre es tan cumplida.
— Una medalla de la Virgen, que a usted no le falte. Eso se lo manda ella, pero yo le he traído además otra cosita. Un vinito de esos dulces para su afición. Lo que pasa es que lo tengo todo dentro de la maleta. Ya cuando la deshaga la busco y se lo doy.
— Tu sube, sube y te duchas que pareces un caramelo chupado. Y luego te bajas a mi casa que tengo media sandia para tí.
— No hace falta, no se quiebre. Creo que tengo cubitos en el congelador. — comienzo mi lenta y ansiada huida.
— ¿ A que no te has enterado de quién se ha separado ? — su colmillo brilla más que el lucero del alba.
— Qué va. Quién, quién.
— La Mari Mar.
— Nooo. — y se hunde mi mandíbula de pura incredulidad finjida.
— Siiii. — y se comprime la suya de pura reafirmación satisfecha.
Me quedo parada en la escalera, congelada a cuarenta grados.
— ¿ No ibas a ducharte ? Venga coño! Ahora te bajas y te lo cuento. Y acuérdate del vino y la medalla.
Ea, pues ya estoy en casa.