A mí no me gustas

Me preguntan si me gustas porque tu pelo negro cae ensortijado sobre tu frente mientras te observo pensar en tu mundo, ajeno.

Me preguntan si me gustas porque eres bueno, porque adoras todos y cada uno de mis vértices más feos, porque un día reconociste que jamás serías perfecto.

Me miras y me preguntas.

Y yo te contesto sonriendo.

Pero tú, tú no me gustas.

A mí me gustan los helados de fresa, el café recién hecho con aroma a canela, dormir en una cama de limpias sábanas frescas, pero no tú. No, tú no me gustas.

Siempre dices que la vida es muy simple cuando no se tienen dudas. Y por eso y otras cosas no puedo decir que me gustas.

Porque de alguien como tú no puede decirse simplemente “me gusta”. De alguien como tú podría decir “hace mis días mejores”, “a menudo me saca de mis casillas”, “es mi refugio”, “es equilibrio, es mi armonía”.

Porque decir que me gustas, amor de mi vida, sería como decir que el sol es solo una esfera que brilla o la poesía unas cuantas palabras bien avenidas.

Porque eres la marea que me agita.
Eres el buenos de mis días.
Y las canciones de mis rimas.

Sissi emperatriz

Sussudio ha resultado ser una perra. La llevé al veterinario después de pasarla por agua y jabón varias veces. Enjabonar, aclarar y repetir; enjabonar, aclarar y repetir, así hasta que me quedé sin champú y fue apareciendo el ser que habitaba detrás de la mugre.
Como no podía ser de otra manera no tenía microchip, ni dueño al que avisar de que está extraviada ni casa a la que por el momento volver más que la mía. La buena noticia fue que, según el reconocimiento del veterinario, un tío de lo más majo que no me cobró nada, parecía estar en un óptimo estado de salud. Le hizo una foto a Sussu y le dejé mis datos por si preguntaban por ella o se enteraba de alguien que estuviese interesado en adoptarla y le compré una bolsa de pienso vegano; la noche anterior se había cenado una manzana y un par de salchichas de tofu.
Ya de paso adquirí para ella un arnés y una correa con estilo porque la había llevado sujeta con una cuerda atada a un cinturón que le daba tres vueltas al cuello a modo de collar, así que si a la ida la gente nos miraba a la vuelta nos miraban igual, pero fue todo más cómodo.
— ¿Qué te ha dicho el médico? —doña Carmen me salió al encuentro en la escalera.
— ¿Qué médico?
— El de la perra.
— Ah, vale. Pues nada, que está bien, pero sin chip ni dueño de momento, ¿verdad Sussu?
— Entonces no le pasa nada.
— Nada de qué.
— Que es fea.
— Cómo que fea.
— Que es fea, es una perra muy fea.
— Sussu no es fea, simplemente tiene una belleza peculiar. Eso es todo.
— ¿Le has echado colonia? —se agachó para olerla.
— Un poco nada más. Es especial para perros, mire, la traigo en la bolsa, ¿quiere echarse un poco? Es de vainilla.
— Deja deja. La Sissi huele a madalenas, pero sigue siendo fea.
— No es Sissi, es Sussu.
— ¿Sussu? ¿Y qué nombre es ese? Eso ni es un nombre ni es nada, te lo has inventado tú. Sissi es mejor.
— Como la emperatriz.
— Pues sí. Anda que no me gustaban a mi de niña las películas suyas. Todas me las veía. Qué bonitas eran… con la Romy… no era guapa ni nada.
— Claro que sí. Pero es que Sussu no tiene un porte muy regio.
— Normal, a saber qué le has dado de comer.
— Pues le he comprado un saco de comida; mire aquí lo llevo. Me ha costado una pasta.
— Porque será de esa moderna que a ti te gusta.
— Es comida para perros, no creo que a mí me gustase.
— ¿La has probado?
— Yo no. Ay, no me lie señora que llevo prisa.
— ¿Prisa para qué?
— Para hacer mis cosas, bajar a comprar…
— A ver si te encuentras con la Marimar que iba a la recova hace un rato. Me ha preguntado por ti. El Pedrito le ha dicho que te habías encontrado un perro, ya sabes cómo le gustan los animales a ese niño.
— No me diga.
— Tal cual. ¡Ah! Y que no se te olvide recoger el correo del buzón. Que te habrá llegado una como esta.
— ¿Eso es una invitación de boda?
— Habemus bodorrio. Se nos casa la tercera generación de las Puras.
— ¿Rita? ¿La hija de Puri la droguera?
— La misma. Y viene con una muestra de colonia.
— ¿El qué?
— La invitación. Trae una muestra y un cupón para detergente. Están tirando la casa por la ventana.
— Por Dios. Bueno que me voy. Voy a subir a Sussu a ver si pillo a Marimar.
— Sí, eso, corre. Sube a Sissi.
— Sussu.
— Sissu.
— Sussu.
— Sussi.
— Sussu.
— Sissi.
— Eso Sissi. Digo no. Sussu. Bueno mire, llámela como le dé la gana.

Le perre

Desde que he vuelto del pueblo se me acumula la plancha. Mi amiga MariMar se ha separado del marido, cosa que únicamente sé por parte de doña Carmen porque, lo que es la interesada, ni me coge el teléfono ni me contesta a un triste mensaje de whatsapp. Una mierda como un piano; me está castigando; me mata.
La noche que regresé bien que me tentó mi mentora con su cotilleo y mis ganas de beber vino. Se nos calentó el pico a las dos. Terminamos de madrugada con los pies apoyados al fresco del balcón, haciéndole compañía a las macetas de geranios, deshojando confesiones a la luz de la farola. Como sabe sonsacar la muy zorrona. Y es que en el pueblo el tiempo pasaba lento y yo me aburría cantidad esperando a que mi madre se le colmase la paciencia, y ya se sabe que cuando el diablo se aburre mata moscas con el rabo.
Al principio no sabía bien quién me había mandando el mensaje. Era un simple binomio de reconocimiento, en plan ” hola guapetona” o una caca similar pero, como eran las cuatro de la tarde y no tenía más conversación que la que me daban las aspas del ventilador, contesté.
Tardé poco en averiguar que era el marido de mi amiga, aun así me arriesgué a ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar con la tontería, sobre todo porque al principio creí que era ella misma que me hablaba desde su móvil. Bueno y… porque estaba aburrida y… porque soy una cotilla.
Corté el tema antes de que se pusiera calentito, pero mucho me temo que ella pudo haber leído la conversación y pensar lo que no es. Y que a raíz de una cosa tan absurda como aquella se iniciara la pelea que los condujo a la hecatombe marital. Me siento fatal. No por ellos porque, francamente, el tío es un gilipollas de marca mayor cuya única virtud es el grácil manejo de los signos de puntuación. Ella es una buena persona. Yo soy una egoísta que solo piensa en que todo esto la ha pillado en medio. Y me reitero, no me gusta un pelo.
En fin, que me paso ahora el rato sube y baja dando vueltas con la esperanza de y el temor a encontrarme con ella, escuchando música con los auriculares puestos, haciendo compras de lo más bizarras y después lo que me pasó ayer por la tarde todavía más.
Resulta que volvía de comprar media docena de tornillos con sus tuercas, del modelo “estos mismos” de la ferretería y un par de cogollos de lechuga de la recova que, sorprendetemente, cuando los tienen es donde más frescos y a mejor precio los encuentras, cuando me sentí de repente observada por un animal que parecía perdido o abandonado. Me paré mientras cantaba a dúo con el señor Collins ” I feel so good, if I just say the word, C’mon c’mon Su-Su-Sussudio ” y se me acercó a escasos pasos. Seguí caminando despacio sin quitarle ojo y canturreando. “Sussudio”, y se me acercó de nuevo. Esta vez consiguió toda mi atención. Me quité los auriculares y lo observé detenidamente. No soy muy buena en biología, pero determiné que era sin lugar a dudas un espécimen del género cánido, de tamaño mediano con muy malos pelos y una mirada muy viva. Me agaché y lo llamé .
— Sussu, Sussudio, eh Sussu. — y el animalito se acercó con la naturalidad del que se sabe llamado por su nombre.
Continué de cerca la inspección pero por más que lo examinaba desde uno y otro ángulo no era capaz de discernir su género. Me miraba esperando algo de mí y al margen de los tornillos lo único de comer que llevaba eran los cogollos, así que les arranqué unas cuantas hojas tiernas y se las ofrecí. Se las comió rápidamente. Me puse en pie otra vez.
— Bueno, ahí te quedas, tengo que marcharme. — comencé a dar pasos lentos y me siguió hasta el portal. — Mierda, no me sigas, no puedes subir. Ya te he dado lechuga. Si yo no tengo carne en casa, no la como. Te convedría más un humano aficionado al salchichón. Conmigo no… Te bajo agua, pero ya está.
Subí rauda y le bajé un cuenco con agua del grifo. Se la respiró.
— Y ahora qué. Está bien, mira perro, perra, perre o lo que seas, a mí eso no me importa la verdad. Lo único que te dejo claro es que, si quieres quedarte en mi casa mientras averiguamos de dónde vienes, ese pelo te lo lavas.
— Mira que si te contesta… — doña Carmen en otra vida debió ser radar. — No pensarás quedarte al chucho este, ¿ verdad ? Yo no tengo nada en contra de los animales, pero no quiero perros ladrando de noche ni meándose en la puerta.
— Uf, me da pereza contestarle hoy. No sé lo que voy a hacer, pero no puedo dejar al animal en la calle. Voy a darle un baño, comida y un techo hasta que averigue algo. Mañana iré a una clínica veterinaria a que le pasen el detector del microchip. Mientras tanto puede considerarlo en estado de asilo.
— Ojú, este ya no sale de aquí, verás. ¿ Y es perro o perra ? Porque los machos marcan.
— Es perre.
— Perre.
— Sí, perre. No tiene género conocido, conocido por mí al menos. Yo no le veo nada.
— Será un perro de estos modernos. Bueno, lo importante es que no ladre. Tu verás cómo lo haces, pero a mí que no me de por saco por las noches, ni a la hora de la siesta, ni temprano en la mañana.
— No se preocupe por eso, es mudo.
— ¿ Mudo ? ¿ Y eso cómo lo sabes ?
— Porque me lo ha dicho.
— Pues no sabía yo que había perros mudos.
— Eso es porque ha conocido a pocos doña Carmen. Pero ya le digo. Ah, y le gusta la lechuga, tiene mucha mierda encima y buen gusto musical. Aparte de eso no sé más.
— ¿ Y de la MariMar sabes algo ?
— Lo mismo que usted supongo… Sussu vamos, eh vamos.
Y subimos corriendo como si nos fuera la vida en ello.

He vuelto

Madre mía, qué ganas de volver a casa. Pese al viaje en autobús que se me ha hecho eterno y tener que seguir a pie desde la estación hasta la calle donde vivo, lo cierto es que echaba mucho de menos esta ciudad insoportablemente calurosa que me recibe desplegando su alfombra de cemento achicharrado por el sol. Y eso que ya ha caído la tarde. Ni me imagino la sobremesa. Estoy a punto de alcanzar el portal, con un río de sudor que me recorre la espalda y dos pantanos por sobacos cuando sale a mi encuentro el comité de bienvenida. Y de veras que me alegra.
— Doña Carmen de mi alma. — todo mi cuerpo celebra alcanzar el frescor del zaguán.
— Dichosos los ojos. Se te ve cansada niña
—Dos meses de manicomio… calcule. Usted está como siempre.
— ¿ No estabas en el pueblo cuidando de tu madre ?
— Pues eso.
— ¿ Y qué tal está de la pierna, puede andar ya ?
— Cojeando, pero sí. Y lo primero que hizo, después de poner un puchero para que comiera siquiera un día como Dios manda , fue ir directa a sacarme un billete de autobús para mandarme a casa.
— Mira que es buena tu madre.
— La mejor que tengo.
— Bueno, y qué tal estas semanas allí?
— Bueeeno, si obviamos el maremagnum de heces emocionales … en general…
— Qué dices.
— Un poco una mierda, para entedernos. ¿ Y usted no fue a visitar a su hemana la que vive en el norte ?
— Sí, sí que fui. Me volví hace una semana, harta de llevar una rebeca de punto gordo. Para mí es que no es verano si no puedes quejarte del calor.
— Y de los mosquitos, y de lo que sube la factura de la luz con el aire acondicionado y el ventilador todo el santo día puestos.
— Amén niña, amén. Oye y me has traido algun detalle? Como tu madre es tan cumplida.
— Una medalla de la Virgen, que a usted no le falte. Eso se lo manda ella, pero yo le he traído además otra cosita. Un vinito de esos dulces para su afición. Lo que pasa es que lo tengo todo dentro de la maleta. Ya cuando la deshaga la busco y se lo doy.
— Tu sube, sube y te duchas que pareces un caramelo chupado. Y luego te bajas a mi casa que tengo media sandia para tí.
— No hace falta, no se quiebre. Creo que tengo cubitos en el congelador. — comienzo mi lenta y ansiada huida.
— ¿ A que no te has enterado de quién se ha separado ? — su colmillo brilla más que el lucero del alba.
— Qué va. Quién, quién.
— La Mari Mar.
— Nooo. — y se hunde mi mandíbula de pura incredulidad finjida.
— Siiii. — y se comprime la suya de pura reafirmación satisfecha.
Me quedo parada en la escalera, congelada a cuarenta grados.
— ¿ No ibas a ducharte ? Venga coño! Ahora te bajas y te lo cuento. Y acuérdate del vino y la medalla.
Ea, pues ya estoy en casa.

¿Vienes o vas?

Quizás sea una forma de ser
o simplemente
un momento concreto de tu vida.
Sabes que vas a parar
a esa posición física o emocional
o un híbrido de ambas,
qué más da.
Tal vez no es decisión tuya
o totalmente,
lo reconoces inevitable
de un modo u otro; no te importa,
quieres o has de llegar.
El caso es ,
si vas a acabar en el mismo lugar…
¿Es mejor ir o dejarse llevar?