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Aventuras de una escritora cotilla relato

El perfil II

—Oye, ¿y si pongo la foto de la orla? Salgo fenomenal aunque esté mal que yo lo diga y se vería que soy universitaria.
—Hombre, yo no digo que no pero igual una cosita más actual…
—Es que me costó ocho años sacar la licenciatura.
—Y nadie te quita el mérito Mari Mar —me apresuré a decir—pero vamos a descubrir quién eres ahora. Y, lo que es más importante, qué quieres.
—¿Ahora vas de psicóloga? —doña Carmen se servía el segundo vino dulce— Pues ¿qué va a querer la muchacha? Un hombre bueno que la honre, que sea limpio, que sea ordenado, que la lleve y que la traiga a sitios buenos y que cargue… bien cargao…
—¡Doña Carmen! —Mari Mar ahogaba la risa fingiéndose escandalizada.
—¿Cómo de bien cargao? —inquirí.
—Como una telera.
—¿Una telera?
—Una telera, una telera—repetía mientras nos daba una idea del cargamento con sus propias manos. —No os hagáis las tontas.
Mari Mar y yo nos revolcábamos de risa en el sofá y por Dios que doña Carmen estaba en su salsa, en mi vida la había visto pasárselo tan bien, ni siquiera cuando destapó en Junta de vecinos el escándalo de la azotea. Sussu iba de una otra encantada con la atención y los mimos, yo traía más cerveza fría de la cocina cuando la oí decir que parecíamos las amigas de la serie esa de la tele, las que son modernas y beben vino con aceitunas. Y fue entonces cuando en plena exaltación de la amistad alcohólica se nos ocurrió en gran plan de ir juntas a la boda de Rita y hablar con doña Pura para que, si estaban asignadas las mesas, tuviera la gentileza de sentarnos a las tres juntas.

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El perfil

Hay un dicho que reza que los borrachos y los niños dicen siempre la verdad pero yo creo que los borrachos dicen muchas tonterías y que algunos niños saben mentir muy bien, yo por ejemplo. Mentía que daba gusto de pequeña cuando me daba la gana y borracha digo sandeces a punta de pala. A veces arreglo el mundo, depende de la compañía, pero nunca me faltan perlas de frenética verborrea alcohólica que denoten que estoy achispada, eso por ser suave. En las sucesivas horas de sobriedad suelo detestarme bastante pero como soy del todo indulgente conmigo misma tiendo a decir y hacer las mismas gilipolleces cada vez que bebo. Y bebí con Mari Mar. He de decir en mi defensa que tampoco es que tenga mucho aguante, un par de cañas, un vino o dos no más porque para mí la tercera es la vencida y en la tercera estaba cuando le abrí la puerta de mi casa a doña Carmen.
—Doña Carmen de mis carnes—sonreí anestesiada—¡Mari Mar!! Mira quién ha venido! Ay por favor pase, pase, nos encantará contar con su ayuda.
—Faltaría más. Ahí es donde yo estoy siempre, donde hace falta. —y como una exhalación se plantó en mitad de mi salón—¿Qué necesitáis que haga?
—¿Qué le parece esta foto para mi perfil de ligoteo, eh? —Mari Mar le metió a doña Carmen el móvil por la cara. — Si usted fuera un tío… ¿saldría conmigo a un cine o una cena?
—Así a bote pronto… Depende de la película. A mí esas de balas, porrazos y tripas no me gustan. Y cenar fuera tampoco, ni comer, prefiero mi casa. Merendar ya es otra cosa. ¿No quieres ir mejor a merendar un chocolate con churros o un pastel de brevas?
—Y tanto, igualito que yo. Que a mi me pasa igual que usted que no me gusta comer fuera. Pero una merienda… eso sí. Donde la Lola la piconera, que no hay mujer más limpia.
—Y sesión de tarde en el cine, pero una película buena.
—De romances.
—Y no otra.
—Doña Carmen ¿le pongo un vino dulce? —interrumpí.
—Venga—dijo frotándose las manos. —Vamos al lío.