He vuelto

Madre mía, qué ganas de volver a casa. Pese al viaje en autobús que se me ha hecho eterno y tener que seguir a pie desde la estación hasta la calle donde vivo, lo cierto es que echaba mucho de menos esta ciudad insoportablemente calurosa que me recibe desplegando su alfombra de cemento achicharrado por el sol. Y eso que ya ha caído la tarde. Ni me imagino la sobremesa. Estoy a punto de alcanzar el portal, con un río de sudor que me recorre la espalda y dos pantanos por sobacos cuando sale a mi encuentro el comité de bienvenida. Y de veras que me alegra.
— Doña Carmen de mi alma. — todo mi cuerpo celebra alcanzar el frescor del zaguán.
— Dichosos los ojos. Se te ve cansada niña
—Dos meses de manicomio… calcule. Usted está como siempre.
— ¿ No estabas en el pueblo cuidando de tu madre ?
— Pues eso.
— ¿ Y qué tal está de la pierna, puede andar ya ?
— Cojeando, pero sí. Y lo primero que hizo, después de poner un puchero para que comiera siquiera un día como Dios manda , fue ir directa a sacarme un billete de autobús para mandarme a casa.
— Mira que es buena tu madre.
— La mejor que tengo.
— Bueno, y qué tal estas semanas allí?
— Bueeeno, si obviamos el maremagnum de heces emocionales … en general…
— Qué dices.
— Un poco una mierda, para entedernos. ¿ Y usted no fue a visitar a su hemana la que vive en el norte ?
— Sí, sí que fui. Me volví hace una semana, harta de llevar una rebeca de punto gordo. Para mí es que no es verano si no puedes quejarte del calor.
— Y de los mosquitos, y de lo que sube la factura de la luz con el aire acondicionado y el ventilador todo el santo día puestos.
— Amén niña, amén. Oye y me has traido algun detalle? Como tu madre es tan cumplida.
— Una medalla de la Virgen, que a usted no le falte. Eso se lo manda ella, pero yo le he traído además otra cosita. Un vinito de esos dulces para su afición. Lo que pasa es que lo tengo todo dentro de la maleta. Ya cuando la deshaga la busco y se lo doy.
— Tu sube, sube y te duchas que pareces un caramelo chupado. Y luego te bajas a mi casa que tengo media sandia para tí.
— No hace falta, no se quiebre. Creo que tengo cubitos en el congelador. — comienzo mi lenta y ansiada huida.
— ¿ A que no te has enterado de quién se ha separado ? — su colmillo brilla más que el lucero del alba.
— Qué va. Quién, quién.
— La Mari Mar.
— Nooo. — y se hunde mi mandíbula de pura incredulidad finjida.
— Siiii. — y se comprime la suya de pura reafirmación satisfecha.
Me quedo parada en la escalera, congelada a cuarenta grados.
— ¿ No ibas a ducharte ? Venga coño! Ahora te bajas y te lo cuento. Y acuérdate del vino y la medalla.
Ea, pues ya estoy en casa.

Canela Pura II

Madre mía lo que llevaba la cesta. Perfumes, cosméticos, jabones de tocador, champú , lociones corporales de fragancias súper horteras y un sin fin de qué se yo. Pero lo mejor de todo fue lo que había justo en el fondo. Dentro de una bolsa de tul había atadas varias ramas de canela y junto a ella una foto antigua. En ella se nos veía a mi madre y a mí junto a doña Pura en la puerta de la droguería. Yo sujetaba feliz una muñeca vestida con un traje de primera comunión regalo de la droguera, posando de pie entre ambas. No me había acordado de aquello en años ni mucho menos sabía que existía una foto.

Un poco más tarde tras una sesión de autocompasión exprés decidí bajar a tirar la basura. Llegando a los contenedores no pude evitar observar que Rita entraba en el bloque corriendo y a su novio que intentaba sin mucho ímpetu detenerla en la huida.

– Venga ya Rita, que tampoco es para ponerse así. Si no tiene importancia. Rita, Rita! – pero ella ni lo miró.

Ralenticé mi paso cuanto pude intentando captar algo de lo ocurrido, pero nada. Peleas de enamorados y está claro que yo quería saber el motivo. La divina providencia me regaló la imagen de Rita sentada en el rellano de la escalera escondiendo su rostro en lágrima viva.

– Ay, Rita, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras bien niña? – intenté aprovechar mi cercanía de aquella tarde en la entrega de la cesta para hacerme su confidente. Ella seguía a lo suyo.

– Rita, necesitas algo, quieres que avise a tu abuela o a tu madre? – ella negó con la cabeza. – Está bien, ya me imagino que habrás reñido con Bruno, lo he visto fuera al entrar. Tu no te preocupes mujer, que seguro que mañana lo que sea ya está arreglado, todas las parejas de novios discuten por las tonterías más grandes.- pero ella seguía ignorándome.

Opté por apretarle un poco las tuercas para que soltase prenda, tampoco me apetecía estar de más en el rellano con Doña Carmen siempre alerta.

– Bueno mira, mejor voy a avisar a tu abuela. – me sujetó el antebrazo para detenerme.

– No, por favor, no quiero verla. Ella tiene la culpa de todo.

Me senté a su lado.

– Que tu abuela tiene la culpa de lo que os ha pasado… no me imagino cómo, sin querer seguro. Si es casi una santa.

– Una santa… una mierda! Por su culpa yo… ahora Bruno… ay, lo que pensará de mí ahora – y vuelta a la llorera.

– Mira Rita, no me imagino maldad en tu abuela y menos contigo. Si me lo explicas igual puedo ayudarte.

– No puedes, ni tu ni nadie. Sus manías y sus garbanzos. Todo el día poniendo potajes buscando un garbanzo negro, me tiene harta. No puedo con los garbanzos, me dan muchos gases. Y hoy, y hoy… se me ha escapado un pedo mientras me enrollaba en el coche con Bruno.

Me costó mantener el tipo, francamente. No sabía si reírme por el pedo en sí, la situación o lo tonta que es la niña esta. Mantuve el tipo lo mejor que pude.

– Mujer, pero si eso es algo bueno, no te das cuenta de que habéis afianzado la relación?

Me miró con interés y proseguí.

– Claro, por supuesto es un ejemplo de confianza mutua. Estáis tan bien juntos que ya no tenéis que fingir ni ocultar cosas tan naturales como esa.

– Tu crees?

– Te lo aseguro. Anda, anda. No seas más tonta y no llores más, y sobre todo no te enfades con tu abuela. Si acaso ella te ha hecho un gran favor, tenlo presente. Del pedo a la boda y se lo debes a ella.

– Vale – sonrió – Mejor me subo y lo llamo. Gracias. Y no le digas nada a mi madre ni a la vieja que se meten en todo.

– Yo cremallera, tranquila guapa.

La observé mientras inicié el ascenso con calma y ella corría escaleras arriba. La perdí de vista casi enseguida. Se abrió lentamente la puerta de Doña Carmen, cómo no.

– Te has metido a consejera de la juventud.

– La muchacha, que ha discutido con el novio, nos habrá oído usted hablar de casualidad supongo.

– Mi trabajo me ha costado. Merecido, todo sea dicho. Oye que te quería pedir la cesta de mimbre, si no la quieres no la vayas a tirar que me sirve para hacer un centro de mesa.

– No pensaba tirarla, pero si le hace ilusión se la bajo mañana – y proseguí hacia mi casa.

Ya de noche en la cama me costaba dormirme, no paraba de darle vueltas a todas esas chorradas, pero lo que más mosqueada me tenía era que la cotilla de doña Carmen no me hubiese dicho nada de nada sobre el tema con doña Pura, los garbanzos y los gases de la niña que según yo iban a acabar en boda. Y entonces caí en la cuenta. Qué mala leche me entró por el cuerpo. A estas horas ya le habrá comido el talento la niña a la abuela, otra vez sin un duro, otra batalla ganada del destino,y el destino de la vieja se llamaba leporino.

Si es que soy gilipollas.