La Gautier II

Me he tirado dos semanas haciendo rondas calle arriba calle abajo a ver si me encontraba con MariMar. Con dos palmos me dejó sin saber el resto de la historia de la mujer del entierro. Me cago yo en los garbanzos del almuerzo y en la narratio confractum.

He estado haciendo los recados con cuentagotas y aún así no tenía ya excusas para rondar sin levantar las sospechas de doña Carmen, que se pasa el día entero en el soportal de mi edificio haciendo como que hace algo que no es otra cosa que cotillear de malas maneras. Y me trincó por desesperada, desesperada por conocer más detalles de la historia de Virginia y su fatídico desenlace, aunque antes de ser interceptada me dio  tiempo a escuchar parte de uno de sus famosos interrogatorios.

-El caso es que iba yo de vuelta a casa y es que iba tarde, sabe? Y andaba como corriendo pero sin llegar a correr y como iba así de ligero pisé una mierda de perro. Que era una mierda, que no era barro, aunque ya había empezado a llover. Me paré en el borde de la acera a limpiarme la suela del zapato y entonces lo vi entrando en la librería de doña Encarnita.

-Estás seguro?

-Sí señora, era mierda y no barro. De ahí el olor – se acercó la suela a la nariz y aspiró con atención – Sí, mierda de perro, sí señora. De pastor alemán o raza superior diría yo.

-Por el olor?

-No, por el tamaño. Era bien grande. Como así.- ilustró la explicación con la medida de sus manos.

Combativa por convicción e hija de puta donde las haya, doña Carmen chocó con estrépito la palma de la mano en su sudorosa frente a fin de no cruzarle la cara al interrogado, estoy convencida.

-Vamos a ver si nos centramos Pedrito…

-Doña Carmen qué gusto verla – interrumpí. Pedrito aprovechó para quitarse de en medio.

-De vuelta de comprar algo? Te veo últimamente comprando mucho.

-Sí, es que estoy como caprichosa. Ya sabe, me aburro con eso del paro. Usted me entenderá porque desde que se jubiló la veo siempre en el portal. Por cierto, ha visto salir a MariMar hoy?

-No, la verdad. A ella se la ve poco, más desde que fue el otro día al entierro con su tía la de la residencia. Se ha venido abajo la señora y se pasa el día allí con ella. Me la crucé que llegaba y me estuvo contando, terminamos comprando un pollo donde el Arcadio porque se nos vino la hora de comer encima.

-Ah, sí sí, algo me comentó al respecto de la historia de la señora. Se la contó a usted doña Carmen?

-Uy sí sí, qué cosas hace la gente, verdad?

-Sí bueno, toda la historia no la conozco porque llevaba prisa y no me enteré bien. Usted sabe qué pasó? Me dijo que a la señora se le murió el novio, le dieron unas fiebres, estuvo meses en cama y cuando se levantó se fue a casa de la madre de él pero no sé más.

-No era el novio, es que ella estaba encaprichá. Y fue a casa de la madre en plan la novia viuda o algo así, un cuadro.

-Y qué pasó?

-Pues por lo visto a la señora ya debían de haberla visitado más de una y de dos muchachas afligidas pidiéndole una foto de recuerdo del hijo. Ni palabra se dijeron, abrió la puerta y cuando vio el panorama le dio una fotografía del muchacho. Claro está ella se lo tomaría como algo excepcional, pero vamos que seguro que no lo era, estudiante y tuno…. já.

-Le quita usted el encanto a todo doña Carmen. La muchacha la pobre…

-Eso no es todo. Espera que te cuente lo que hizo la niña. Pues resulta que le salieron novios y pretendientes para aburrir porque era de dinerito y además bonita pero ella toda su vida estuvo enamoraíta perdida del estudiante y ni pensar en casarse con otro. Se consagró a sus desvaríos y se hizo la promesa de guardarle el sitio. Que si en esta vida no podía ser sería en la otra y que pura y casta hasta que en la muerte lo encontrase. Dios la llevaría con él cuando llegase el momento, ni antes ni después. Pues no que la buena señora se pasó la vida amaneciendo cada día esperando con ilusión que fuera el último y sin olvidarse jamás de echarse el perfume de camelias.

-Uuuuuh. Increíble vaya. Siga siga.

-Todos los años coincidiendo con el aniversario de la muerte de su amor se preparaba metódicamente. Encargaba un ramo de tantas camelias como años hubiesen pasado, las revisaba, susurraba unas palabras y apartaba una que se quedaba ella. Las demás las hacía llevar al sepulcro del muchacho. Se acostaba temprano colocando la camelia bajo la almohada esperando no levantarse.

-No me lo puedo creer…

-Setenta llegaron a la residencia en el ramo último por lo visto. La Gautier, que la llamaban así, se quedó una y se sentó en el ventanal a ver el atardecer con ella apretada al pecho. Cerró los ojos y ya no los abrió. Ea.

-Qué historia. Qué romántico no?

-Me dijo MariMar ” Dice la gente que ya nadie muere por amar a nadie, pero yo conocí a quien vivió esperando morir para ello, sin sufrir sus miserias”.

-Y usted qué opina?

-Que estaba loca del coño.

-Amén.

La Gautier I

Esta mañana cuando venía de comprar naranjas en el Huevas me encontré con mi amiga MariMar. El Huevas es el apodo del dueño del undécimo ultramarinos que han abierto en mi barrio. Entre sus ofertas de apertura incluyó un cartel manuscrito de Huebas de Vacalao… deduzca el lector. Tremendo el marketing, la campaña le salió por euro y medio calculo. En fin, me topé con ella. MariMar es una romántica empedernida, de las golosas, capaz de sacar tres telenovelas de un precinto de garantía. Hacía cantidad que no la veía y por educación le pregunté de dónde venía. ” De un entierro” me dijo, y ya me entraron las prisas, pero ella es de conversación laxa así que saqué mi vena cotilla.

-Pues hija, que ayer fui a ver a mi tía a la residencia y cuando llegué pues me enteré de que se había muerto la Gautier. Todo el mundo allí conoce la historia de la Gautier, todos la apreciaban y ha ido mucha gente a su entierro pero nadie estaba triste por su muerte y comprendo el por qué. Yo he ido más que nada acompañando a mi tía que se había empeñado en despedirse. Y empezó su historia.

“Virginia, aunque todos se referían a ella como la Gautier, fue la pequeña y única niña de los tres hijos de un matrimonio acomodado de la ciudad. Todos los decían, y me incluyo porque vi una vez una de sus fotografías, que era hermosa de verdad. Vivian en una casa de dos plantas con cierto aspecto señorial, no eran ricos pero tenían abundancia. Haciendo esquina casi enfrente se encontraba la mejor casa de toda la calle. Se veía con claridad desde la ventana de Virginia en el segundo piso y estuvo vacía muchos años hasta que contando ella con dieciséis observó cómo la preparaban para la llegada de nuevos inquilinos. Pronto llegaron una viuda de unos cincuenta que a ella le pareció una anciana y sus dos hijos que venían a estudiar a la capital. El pequeño tendría doce y el mayor unos veinte e iba para médico. Y ella se prendó del muchacho mayor. El hombre más guapo y encantador sobe la faz de la Tierra, aunque jamás llegó a cruzar una sola palabra con él. Comenzó a albergar en su corazón un amor desmedido, salvaje, alimentado por las imágenes que ella rellenaba y daba forma en sus fantasías. Era tanto lo que lo amaba que le dolía, pero impensable en aquellos tiempos que ella se acercara a él, esperaba imaginando historias que siempre acababan en boda. Se casó con él infinidad de veces, con su amor de pelo anillado y profundos ojos negros, un auténtico amor platónico, que nunca se acaba, que nunca defrauda, que jamás se realiza. Lo más parecido que tuvo nunca a una relación con él fue pasar junto a su lado en una ocasión, tan de cerca que él pudo oler el perfume de camelias que ella llevaba; comentó en voz alta lo delicioso de aquel aroma y se volvieron amapolas los blancos pómulos de la Gautier que desde entonces no pasó ni un día sin bañarse en su fragancia.

La mañana que murió él, Virginia se despertó con los escalofríos de una fiebre de cuarenta grados. Todo su ser se estremecía presagiando la desgracia. La noticia del accidente conmocionó a todos los vecinos y conocidos y a la enfermedad del cuerpo de  Virginia se unió el desgarro de su alma, postrándola en cama e impidiendo que acudiese ni a misa ni a funeral. Dos meses pasaron hasta que tuvo fuerzas para ponerse en pie y seis hasta ser capaz de salir de su casa. El primer sitio al que se dirigió tras su semestre de reclusión fue a la casa de la esquina.”

-Madre mía, te dejo que no me da tiempo a poner los garbanzos.

-Espera, espera, espera Mari. Termina de contarme lo de esta mujer primero.

-Chiquilla que no puedo, no tengo hecha comida. Cuando te vea recuérdamelo y te lo termino de contar, que te vas a quedar… qué lástima la pobre.

-Coño Mari, yo te compro un pollo asado, espera y me lo cuentas.

-Qué gracia tienes joía, mira que eres…

-Cotilla, no te cortes Mari, soy una cotilla.