Sissi emperatriz

Sussudio ha resultado ser una perra. La llevé al veterinario después de pasarla por agua y jabón varias veces. Enjabonar, aclarar y repetir; enjabonar, aclarar y repetir, así hasta que me quedé sin champú y fue apareciendo el ser que habitaba detrás de la mugre.
Como no podía ser de otra manera no tenía microchip, ni dueño al que avisar de que está extraviada ni casa a la que por el momento volver más que la mía. La buena noticia fue que, según el reconocimiento del veterinario, un tío de lo más majo que no me cobró nada, parecía estar en un óptimo estado de salud. Le hizo una foto a Sussu y le dejé mis datos por si preguntaban por ella o se enteraba de alguien que estuviese interesado en adoptarla y le compré una bolsa de pienso vegano; la noche anterior se había cenado una manzana y un par de salchichas de tofu.
Ya de paso adquirí para ella un arnés y una correa con estilo porque la había llevado sujeta con una cuerda atada a un cinturón que le daba tres vueltas al cuello a modo de collar, así que si a la ida la gente nos miraba a la vuelta nos miraban igual, pero fue todo más cómodo.
— ¿Qué te ha dicho el médico? —doña Carmen me salió al encuentro en la escalera.
— ¿Qué médico?
— El de la perra.
— Ah, vale. Pues nada, que está bien, pero sin chip ni dueño de momento, ¿verdad Sussu?
— Entonces no le pasa nada.
— Nada de qué.
— Que es fea.
— Cómo que fea.
— Que es fea, es una perra muy fea.
— Sussu no es fea, simplemente tiene una belleza peculiar. Eso es todo.
— ¿Le has echado colonia? —se agachó para olerla.
— Un poco nada más. Es especial para perros, mire, la traigo en la bolsa, ¿quiere echarse un poco? Es de vainilla.
— Deja deja. La Sissi huele a madalenas, pero sigue siendo fea.
— No es Sissi, es Sussu.
— ¿Sussu? ¿Y qué nombre es ese? Eso ni es un nombre ni es nada, te lo has inventado tú. Sissi es mejor.
— Como la emperatriz.
— Pues sí. Anda que no me gustaban a mi de niña las películas suyas. Todas me las veía. Qué bonitas eran… con la Romy… no era guapa ni nada.
— Claro que sí. Pero es que Sussu no tiene un porte muy regio.
— Normal, a saber qué le has dado de comer.
— Pues le he comprado un saco de comida; mire aquí lo llevo. Me ha costado una pasta.
— Porque será de esa moderna que a ti te gusta.
— Es comida para perros, no creo que a mí me gustase.
— ¿La has probado?
— Yo no. Ay, no me lie señora que llevo prisa.
— ¿Prisa para qué?
— Para hacer mis cosas, bajar a comprar…
— A ver si te encuentras con la Marimar que iba a la recova hace un rato. Me ha preguntado por ti. El Pedrito le ha dicho que te habías encontrado un perro, ya sabes cómo le gustan los animales a ese niño.
— No me diga.
— Tal cual. ¡Ah! Y que no se te olvide recoger el correo del buzón. Que te habrá llegado una como esta.
— ¿Eso es una invitación de boda?
— Habemus bodorrio. Se nos casa la tercera generación de las Puras.
— ¿Rita? ¿La hija de Puri la droguera?
— La misma. Y viene con una muestra de colonia.
— ¿El qué?
— La invitación. Trae una muestra y un cupón para detergente. Están tirando la casa por la ventana.
— Por Dios. Bueno que me voy. Voy a subir a Sussu a ver si pillo a Marimar.
— Sí, eso, corre. Sube a Sissi.
— Sussu.
— Sissu.
— Sussu.
— Sussi.
— Sussu.
— Sissi.
— Eso Sissi. Digo no. Sussu. Bueno mire, llámela como le dé la gana.

Le perre

Desde que he vuelto del pueblo se me acumula la plancha. Mi amiga MariMar se ha separado del marido, cosa que únicamente sé por parte de doña Carmen porque, lo que es la interesada, ni me coge el teléfono ni me contesta a un triste mensaje de whatsapp. Una mierda como un piano; me está castigando; me mata.
La noche que regresé bien que me tentó mi mentora con su cotilleo y mis ganas de beber vino. Se nos calentó el pico a las dos. Terminamos de madrugada con los pies apoyados al fresco del balcón, haciéndole compañía a las macetas de geranios, deshojando confesiones a la luz de la farola. Como sabe sonsacar la muy zorrona. Y es que en el pueblo el tiempo pasaba lento y yo me aburría cantidad esperando a que mi madre se le colmase la paciencia, y ya se sabe que cuando el diablo se aburre mata moscas con el rabo.
Al principio no sabía bien quién me había mandando el mensaje. Era un simple binomio de reconocimiento, en plan ” hola guapetona” o una caca similar pero, como eran las cuatro de la tarde y no tenía más conversación que la que me daban las aspas del ventilador, contesté.
Tardé poco en averiguar que era el marido de mi amiga, aun así me arriesgué a ver hasta dónde estaba dispuesto a llegar con la tontería, sobre todo porque al principio creí que era ella misma que me hablaba desde su móvil. Bueno y… porque estaba aburrida y… porque soy una cotilla.
Corté el tema antes de que se pusiera calentito, pero mucho me temo que ella pudo haber leído la conversación y pensar lo que no es. Y que a raíz de una cosa tan absurda como aquella se iniciara la pelea que los condujo a la hecatombe marital. Me siento fatal. No por ellos porque, francamente, el tío es un gilipollas de marca mayor cuya única virtud es el grácil manejo de los signos de puntuación. Ella es una buena persona. Yo soy una egoísta que solo piensa en que todo esto la ha pillado en medio. Y me reitero, no me gusta un pelo.
En fin, que me paso ahora el rato sube y baja dando vueltas con la esperanza de y el temor a encontrarme con ella, escuchando música con los auriculares puestos, haciendo compras de lo más bizarras y después lo que me pasó ayer por la tarde todavía más.
Resulta que volvía de comprar media docena de tornillos con sus tuercas, del modelo “estos mismos” de la ferretería y un par de cogollos de lechuga de la recova que, sorprendetemente, cuando los tienen es donde más frescos y a mejor precio los encuentras, cuando me sentí de repente observada por un animal que parecía perdido o abandonado. Me paré mientras cantaba a dúo con el señor Collins ” I feel so good, if I just say the word, C’mon c’mon Su-Su-Sussudio ” y se me acercó a escasos pasos. Seguí caminando despacio sin quitarle ojo y canturreando. “Sussudio”, y se me acercó de nuevo. Esta vez consiguió toda mi atención. Me quité los auriculares y lo observé detenidamente. No soy muy buena en biología, pero determiné que era sin lugar a dudas un espécimen del género cánido, de tamaño mediano con muy malos pelos y una mirada muy viva. Me agaché y lo llamé .
— Sussu, Sussudio, eh Sussu. — y el animalito se acercó con la naturalidad del que se sabe llamado por su nombre.
Continué de cerca la inspección pero por más que lo examinaba desde uno y otro ángulo no era capaz de discernir su género. Me miraba esperando algo de mí y al margen de los tornillos lo único de comer que llevaba eran los cogollos, así que les arranqué unas cuantas hojas tiernas y se las ofrecí. Se las comió rápidamente. Me puse en pie otra vez.
— Bueno, ahí te quedas, tengo que marcharme. — comencé a dar pasos lentos y me siguió hasta el portal. — Mierda, no me sigas, no puedes subir. Ya te he dado lechuga. Si yo no tengo carne en casa, no la como. Te convedría más un humano aficionado al salchichón. Conmigo no… Te bajo agua, pero ya está.
Subí rauda y le bajé un cuenco con agua del grifo. Se la respiró.
— Y ahora qué. Está bien, mira perro, perra, perre o lo que seas, a mí eso no me importa la verdad. Lo único que te dejo claro es que, si quieres quedarte en mi casa mientras averiguamos de dónde vienes, ese pelo te lo lavas.
— Mira que si te contesta… — doña Carmen en otra vida debió ser radar. — No pensarás quedarte al chucho este, ¿ verdad ? Yo no tengo nada en contra de los animales, pero no quiero perros ladrando de noche ni meándose en la puerta.
— Uf, me da pereza contestarle hoy. No sé lo que voy a hacer, pero no puedo dejar al animal en la calle. Voy a darle un baño, comida y un techo hasta que averigue algo. Mañana iré a una clínica veterinaria a que le pasen el detector del microchip. Mientras tanto puede considerarlo en estado de asilo.
— Ojú, este ya no sale de aquí, verás. ¿ Y es perro o perra ? Porque los machos marcan.
— Es perre.
— Perre.
— Sí, perre. No tiene género conocido, conocido por mí al menos. Yo no le veo nada.
— Será un perro de estos modernos. Bueno, lo importante es que no ladre. Tu verás cómo lo haces, pero a mí que no me de por saco por las noches, ni a la hora de la siesta, ni temprano en la mañana.
— No se preocupe por eso, es mudo.
— ¿ Mudo ? ¿ Y eso cómo lo sabes ?
— Porque me lo ha dicho.
— Pues no sabía yo que había perros mudos.
— Eso es porque ha conocido a pocos doña Carmen. Pero ya le digo. Ah, y le gusta la lechuga, tiene mucha mierda encima y buen gusto musical. Aparte de eso no sé más.
— ¿ Y de la MariMar sabes algo ?
— Lo mismo que usted supongo… Sussu vamos, eh vamos.
Y subimos corriendo como si nos fuera la vida en ello.

Oscuros secretillos

Decía mi abuela que quien la lleva la entiende, pero lo cierto es que la mitad de las veces no sabemos ni lo que llevamos, cuanto menos vamos a entenderlo. Es que no puedo con doña Carmen, no puedo con esta mujer, a ella sí que ni la llevo ni la entiendo.
– Le repito que no hacía falta que se marchase de la recova conmigo, debería haberse quedado y comprar los huevos o lo que cojo…
– Esa boca.
– Lo que fuera que fuese a comprar.
– Pero si eso era lo de menos. Qué tontería marcharte así, con el buen rato que se pasa. Anda y que le den a la vieja chocha, te vas a molestar por eso… Bah – y abofeteó con desgana el aire.
– Es que me he agobiado allí dentro, aquel sitio tan pequeño con tanta gente y…
– Y todos esperando y todos aireando sus pequeñas miserias, sus oscuros secretillos – me miró con ojos aviesos haciéndose la interesante.
– ¿Qué le pasa? ¿Está peor de la presbicia?
– ¿De la qué dices?
– Que si no ve bien digo.
– Mejor de lo que tú te crees.
– Y encima usted se pone a largar de mi vida y mis cosas. ¿Cómo se le ocurre?
– Mujer, para entrar en un círculo de confianza y recibir primero hay que dar. Ya sabes, alguna cosita.
– Oscuros secretillos. ¿No? Pues sepa usted que yo no tengo de esos.
– Uy qué no, todos tenemos algo. Y si no, qué aburrido sería todo. Lo que pasa es que estás de mal humor.
– Normal.
– No, normal no es. ¿Hace cuánto que no sales con alguien? Ya me entiendes.
– No, ni quiero entenderla.
– Pues no sé por qué. Además, ahora con el teléfono se liga. Mira tu amiga la del novio putero, ¿no se ha echado otro con el catálogo ese que lleva en el móvil? Pues que te mire uno para ti que te guste. Porque el Mino tiene un hermano soltero, pero como te has ido tan corriendo…
– Que no me interesa. Y menos de ese modo. No quiero conocer a alguien porque usted se confabule con el charcutero o por una aplicación del móvil.
– Cuando tienes mocos tú le los limpias, ¿Verdad?
– Ver…dad.
– Te gusta usar pañuelos suaves para sonarte los mocos, ¿a que sí?
– Supongo.
– Pero si no tienes ninguno te los limpias con lo que esté más a mano, con una servilleta, por ejemplo, no te los vas a dejar colgando. Pues eso mismo.
– Mocos…Tengo pañuelos de sobra.
– Qué mal mientes, en eso has salido a tu madre. Ella también miente fatal cuando habla de algo suyo. En eso y en la cantidad de pelo.
– La verdad es que tenemos buena melena, gracias. No se vaya a poner usted mala siendo amable por falta de costumbre, como cuando se tomo el vino dulce en las fiestas del barrio y cantó Piconera.
– Me refería a que sois muy velludas, las dos. Pero bueno, también tenéis buena cabellera, en cantidad y en calidad. Eso soy capaz de reconocerlo hasta sin tomar vino.
– Ya hemos llegado al portal, si quiere se puede volver, que yo me subo a mi casa.
– Subo contigo. A la mía.
– Como quiera, es usted libre de hacer lo que le plazca.
– Oye, tengo vino dulce y un poquito de mojama de atún. Si te apetece puedes pasar y mientras lo tomamos te cuento algún oscuro secretillo de esos que te has quedado sin saber.
– Se lo compro si añade alguno suyo también.
– ¿Tiene que ser real?
– Tiene que ser interesante.
– De acuerdo. Venga pasa. Espera, ¿a dónde vas?
– A subir un momento a mi casa a por servilletas, por si anda mal de pañuelos.