Ahora levito

 

Ahora levito. Soy completa y realmente capaz de levitar. Sé que es difícil de creer, hartos que estamos de ver ilusionistas de tres al cuarto hacernos pasar por imbéciles con sus trucos de barraca de feria. Pero yo levito.

No me ha quedado más remedio. Se lo debo a la sinrazón del puto insomnio que asola mis noches campando a sus anchas cual Atila montado a caballo, cual dragón quemando cosechas, cual absurdo epitafio de mis dulces sueños.

No puedo dormir tumbada del lado derecho. Me duele la teta, y me duele horrores. No horrores de verdad, de verdad físicamente. Es cierto que me duele la teta en el plano físico, pero es el dolor en sí el que me atormenta, atormenta mis días y mis noches envolviéndome en puro y terrenal miedo a que esconda algo de gravedad. No es que sea hipocondríaca, simplemente le tengo miedo a la enfermedad. Y me paso el día pendiente de la molestia que me angustia, sin querer ir al médico porque me asusta un huevo lo que me pueda pasar y cagada de miedo por si me está pasando algo y no le pongo remedio. Una total, completa y soberana mierda.

No puedo dormir del lado izquierdo. Me duele la articulación temporomandíbular y esa, esa cabrona duele cantidad. Ella me da menos miedo, lleva tiempo ahí haciéndose fuerte en su decrepitud, cogiéndome por sorpresa de vez en cuando, haciéndose notar con sus erráticos recitales de dolor agónico. Se siente legitimada porque está diagnosticada. Vete al infierno artrosis articular, vete bien lejos Síndrome de Costen.

No puedo dormir boca arriba, parece que me aplasta el techo. Está muy bajo o son imaginaciones mías. Me está asfixiando. La lámpara podría caer y llegar a matarme si golpease mi cabeza. Qué bonito, con mi cráneo fracturado y todas las vecinas asomándose para concluir en su consejo de cotillas que al fin y al cabo con la cara lavada no era tan guapa. El Edén para cualquier socia del Club de las Reinas del Baile.

No puedo dormir boca abajo, es que ni entiendo que alguien pueda. Por partes, el torso queda aplastado por mi propio peso, soportando una presión absurda y completamente anti ergonómica. Para poder tumbarme boca abajo sin sufrir tengo que poner algo entre el colchón y la barriga que equilibre mi postura. Cuesta mucho cogerle el punto, al cabo de poco tiempo me molesta la boca del estómago, la columna se desequilibra, me incomoda, tres, dos, uno… me duelen las tetas. Si consigues dominar todo lo anterior, aún te queda el pequeño detalle de la asfixia que te espera con la cara hundida en la almohada. Y si hace calor ya ni te cuento. ¿Cómo diablos respira la gente que duerme así? ¿Dormirán atontados por la falta de oxígeno? La opción de girar la cabeza hacia uno u otro lado tampoco resulta atractiva para mí. De un lado me duele el cuello retorcido, del otro me duele el cuello retorcido más el bonus extra de mi amiga la tempo. Un lujazo como pocos.

Se entiende entonces que por puro afán evolutivo, en pos de la supervivencia, ahora sea capaz de levitar. Sólo por la noche cuando me acuesto, sólo para dormir y no cuando a mi me apetezca pero cualquiera se queja a la madre naturaleza, la última vez que lo hice me costó el privilegio de volar.

Canela Pura II

Madre mía lo que llevaba la cesta. Perfumes, cosméticos, jabones de tocador, champú , lociones corporales de fragancias súper horteras y un sin fin de qué se yo. Pero lo mejor de todo fue lo que había justo en el fondo. Dentro de una bolsa de tul había atadas varias ramas de canela y junto a ella una foto antigua. En ella se nos veía a mi madre y a mí junto a doña Pura en la puerta de la droguería. Yo sujetaba feliz una muñeca vestida con un traje de primera comunión regalo de la droguera, posando de pie entre ambas. No me había acordado de aquello en años ni mucho menos sabía que existía una foto.

Un poco más tarde tras una sesión de autocompasión exprés decidí bajar a tirar la basura. Llegando a los contenedores no pude evitar observar que Rita entraba en el bloque corriendo y a su novio que intentaba sin mucho ímpetu detenerla en la huida.

– Venga ya Rita, que tampoco es para ponerse así. Si no tiene importancia. Rita, Rita! – pero ella ni lo miró.

Ralenticé mi paso cuanto pude intentando captar algo de lo ocurrido, pero nada. Peleas de enamorados y está claro que yo quería saber el motivo. La divina providencia me regaló la imagen de Rita sentada en el rellano de la escalera escondiendo su rostro en lágrima viva.

– Ay, Rita, ¿qué te pasa? ¿Te encuentras bien niña? – intenté aprovechar mi cercanía de aquella tarde en la entrega de la cesta para hacerme su confidente. Ella seguía a lo suyo.

– Rita, necesitas algo, quieres que avise a tu abuela o a tu madre? – ella negó con la cabeza. – Está bien, ya me imagino que habrás reñido con Bruno, lo he visto fuera al entrar. Tu no te preocupes mujer, que seguro que mañana lo que sea ya está arreglado, todas las parejas de novios discuten por las tonterías más grandes.- pero ella seguía ignorándome.

Opté por apretarle un poco las tuercas para que soltase prenda, tampoco me apetecía estar de más en el rellano con Doña Carmen siempre alerta.

– Bueno mira, mejor voy a avisar a tu abuela. – me sujetó el antebrazo para detenerme.

– No, por favor, no quiero verla. Ella tiene la culpa de todo.

Me senté a su lado.

– Que tu abuela tiene la culpa de lo que os ha pasado… no me imagino cómo, sin querer seguro. Si es casi una santa.

– Una santa… una mierda! Por su culpa yo… ahora Bruno… ay, lo que pensará de mí ahora – y vuelta a la llorera.

– Mira Rita, no me imagino maldad en tu abuela y menos contigo. Si me lo explicas igual puedo ayudarte.

– No puedes, ni tu ni nadie. Sus manías y sus garbanzos. Todo el día poniendo potajes buscando un garbanzo negro, me tiene harta. No puedo con los garbanzos, me dan muchos gases. Y hoy, y hoy… se me ha escapado un pedo mientras me enrollaba en el coche con Bruno.

Me costó mantener el tipo, francamente. No sabía si reírme por el pedo en sí, la situación o lo tonta que es la niña esta. Mantuve el tipo lo mejor que pude.

– Mujer, pero si eso es algo bueno, no te das cuenta de que habéis afianzado la relación?

Me miró con interés y proseguí.

– Claro, por supuesto es un ejemplo de confianza mutua. Estáis tan bien juntos que ya no tenéis que fingir ni ocultar cosas tan naturales como esa.

– Tu crees?

– Te lo aseguro. Anda, anda. No seas más tonta y no llores más, y sobre todo no te enfades con tu abuela. Si acaso ella te ha hecho un gran favor, tenlo presente. Del pedo a la boda y se lo debes a ella.

– Vale – sonrió – Mejor me subo y lo llamo. Gracias. Y no le digas nada a mi madre ni a la vieja que se meten en todo.

– Yo cremallera, tranquila guapa.

La observé mientras inicié el ascenso con calma y ella corría escaleras arriba. La perdí de vista casi enseguida. Se abrió lentamente la puerta de Doña Carmen, cómo no.

– Te has metido a consejera de la juventud.

– La muchacha, que ha discutido con el novio, nos habrá oído usted hablar de casualidad supongo.

– Mi trabajo me ha costado. Merecido, todo sea dicho. Oye que te quería pedir la cesta de mimbre, si no la quieres no la vayas a tirar que me sirve para hacer un centro de mesa.

– No pensaba tirarla, pero si le hace ilusión se la bajo mañana – y proseguí hacia mi casa.

Ya de noche en la cama me costaba dormirme, no paraba de darle vueltas a todas esas chorradas, pero lo que más mosqueada me tenía era que la cotilla de doña Carmen no me hubiese dicho nada de nada sobre el tema con doña Pura, los garbanzos y los gases de la niña que según yo iban a acabar en boda. Y entonces caí en la cuenta. Qué mala leche me entró por el cuerpo. A estas horas ya le habrá comido el talento la niña a la abuela, otra vez sin un duro, otra batalla ganada del destino,y el destino de la vieja se llamaba leporino.

Si es que soy gilipollas.

Canela Pura I

Ayer me llamó Puri la droguera. Resulta que el otro día entré a comprar un bote de crema porque ando mutando dérmicamente a lagartija y me enganchó para apuntarme a una rifa. Según ella oportunidad única para su clientela más selecta de llevarse gratis una cesta con una selección de productos de lo más variopinta, muestra del magnífico surtido con el que cuenta su establecimiento. Así, palabra por palabra. Pues me ha tocado. No di crédito, porque a mí nunca me toca ningún premio bueno en rifas, tómbolas o sorteos.

Total que bajé por la tarde a recoger mi cesta y para la ceremonial entrega estaban presentes las tres generaciones de Purificación de la casa. Puri que es la intermedia y lleva la tienda, su hija Rita que es muy moderna para llamarse Puri, Mari Puri o Purita como le dice su madre y, con orgulloso gesto premio en mano, doña Pura la chata, fundadora y jubilada. Doña Pura la pobre mía ni era chata ni nada, con el tiempo entendí que el sobrenombre se lo puso la gente por no ser excesivamente cruel con ella porque era una señora tremendamente agradable con un tremendamente espantoso labio leporino. De niña mi madre se sentía orgullosa de que fuese la única que no preguntaba qué le pasaba a esa señora en la cara. No tenía la necesidad de tirarme del brazo ni dedicarme miradas de reproche, aunque yo miraba a doña Pura, con curiosidad y mucho disimulo. Pero he de reconocer que nunca pregunté porque ya sabía lo que era un labio leporino. Así que gracias a Mark Twain, Las aventuras de Huckleberry Finn, Joanna Wilkes y su peculiaridad no me faltó de niña mi barra de cacao o mi muestra de colonia cuando acompañaba a mi madre a comprar. Es más, sospecho de más que no me tocado la cesta por pura casualidad. Me enterneció mucho verla allí de pie, esperando para hacerme entrega de tan exquisita selección.

  • Doña Pura, qué alegría me da verla. – y lo dije completamente en serio.
  • Ay mi niña, cuánto me alegro de que te haya tocado a ti la cesta de la rifa. Cuando me enteré de que era para la hija de Conchita quise venir a saludarte. – las lágrimas se le saltaban – Qué bien te educó tu madre.

La abracé con un nudo en la garganta y excusé mi excesiva prisa en que tenía esperando una montaña de trabajo. Detesto ser el centro de atención y mucho menos la protagonista, así que me fui con mi regalo a casa. Llegando al portal ya me esperaba doña Carmen.

  • Anda qué suerte.
  • Es de la droguería de la Puri doña Carmen, la cesta del sorteo.
  • Lo sé, lo sé. Ya sabía yo que te había tocado a ti. Ha bajado al final la vieja a dártela?
  • Perdone? La vieja?
  • Sí, coño, la chata.
  • Me la ha entregado doña Pura, si es lo que pregunta.
  • Qué lástima de señora. Toda la vida con eso en la cara. Siempre ahorrando para arreglárselo y nunca ha podido.
  • Doña Pura quería arreglarse el leporino?
  • Pues claro y quién no. Pues no trabajó como una mula toda su vida ni ná, y ni al cine iba. Potajes de garbanzos día sí y día no persiguiendo con el garbanzo negro a la Puri y luego a la Purita para que le salieran guapas.
  • Pero…
  • Pero… la Puri le salió preñá y le montó el piso para casarse. Y cuando se volvió a recuperar la Purita no hacía más que llorarle porque estaba plana y nunca tenía nada que ponerse… a tomar viento los ahorros. Y con la pensión de jubilada y esa nieta tonta… porque guapa ha salido a base de garbanzos pero mimada y superficial como ella sola. Y el novio? Qué me dices del novio? Anda que…
  • Doña Carmen, me va a perdonar pero llevo prisa y el obsequio pesa.
  • Sube, sube, conociéndote estarás deseando cotillear lo que lleva.

 

El drama de la cana en el coño

Ya sé que suena brutal, pero después de darle más de veinte vueltas al título y a cómo plantearlo no he podido más que sucumbir a la realidad pura y dura. Una cana, la primera cana, una cana femenina… y le sale en el coño.

Esta mañana, en mi caza y captura de historias que contar en lo que mi musa decide si va o viene de dónde le sale a ella estar, decidí acampar en una cafetería poco concurrida. Una mesa disimuladamente bien centrada. Un café para vencer el frío. Un modo cotilla extremo… pero nada, nada de interés que narrar. Entonces, como el maná caído del cielo se me sentaron al lado dos amigas, o hermanas, o madre e hija, eso no importa. Una a tope de cafeína y la cara desencajada de ganas de hablar, la otra en pose de buena consejera. Cuando eres cotilla profesional como yo hueles que hay tema. Me estaba meando a reventar.

-Me cago en la puta. Qué amargura te lo juro, es que es muy fuerte. Porque dime tú si no es verdad, dime que no tengo razón.

-Mujer no te pongas así que es sólo una cana.

-Sólo una cana? Una cana? Ni una cana tenía yo hasta esta mañana, ni una. Mira, mira mi pelazo. Nada de nada.

-Ea, pues ahí lo tienes, nada de nada. No veo el problema.

-Que no veas el problema no quiere decir que no exista. Está, está ahí, ahí mismo, ahí abajo. Es mucho peor que llevarlo en la cabeza.

-Vamos a ver, no eres la primera ni la única. Es algo normal, a todos nos pasa. a todo el mundo termina por salirle canas. No le des más importancia. No la tiene.

-No la tendrá para ti, que bien que te tiñes el pelo.

-Como todo el mundo.

-Me das la razón con tus actos. Las canas avejentan.

-Pero si tu no tienes. No te veo nada.

-Porque no me ha salido en la cabeza que no te enteras de nada. Me ha salido una cana en el mismísimo coño. La primera, ahí, bien, a bocajarro.

-Ay! Perdona, no te había entendido. Eso ya es otra cosa.

-Soy un coño viejo, ay Dios mío, un coño viejo.

-Hay tintes para ponerte ahí que lo he visto yo en la tele.

-Estás loca? Si no aguanto ni las bragas de menos de diez euros. Esto es muy serio. Estoy amargada.

-Pero… tienes muchas? Porque puedes depilártelo entero y ya está. Te lo quitas todo y punto.

-Una, que te he dicho que una.

-Pues, quítatela.

-Y me salen siete.

-Pareces tonta. No te sale nada. Te saldrá la misma.

-Pues yo me la arranco, eso me dará tiempo. Que no sé cómo decírselo a mi marido, ni cómo se lo va a tomar. No lo veo preparado.

-Ahí lo tienes. Te la arrancas. Lo mismo no te vuelve a salir. Y si te sale otra vez pues tú la arrancas. Siempre has sido una luchadora. No te dejes vences por una cana, ni aunque sea una cana de coño.

-Ve pagando que voy al baño y te veo fuera.

Tardó un segundo en salir y entré corriendo porque me meaba encima. Y ahí estaba, flotando en el agua azul del váter. Clara, blanca, alba, cana. La cana.

-Así que tu eres la famosa cana. Encantada oye, he oído hablar mucho de ti. La que has liado hija de la gran… .

El dique seco

Vivo el drama de la escritora en dique seco con desinspiración, del ser pragmático falto de musa artística uniformado de ropa de algodón y zapatillas. Sin ventanas, sin vistas, sin luces, sin aire, sin oxígeno.

Recuerdo mis madrugadas asomada a la ventana contemplando las miles de pequeñas luces de la ciudad, sintiendo un escalofrío al pensar que tras cada una de ellas se escondía una historia diferente que debería ser contada. Personas interesantes que ni siquiera imaginan cuánto lo son, vivencias que entrelazadas son el alma de un gran libro. Y yo ansiaba poder asomarme a sus ventanas a espiar y que me contaran sus vidas, aquella que no le cuentan a nadie.

Soy escritora, soy una cotilla ávida de historias. La que se sienta a tu lado en la cafetería y escucha con disimulo, la que está atenta a los detalles en la cola del súper, la que se entera de todo siempre casi sin pretenderlo, la que mira al mundo con los ojos muy abiertos, la que se interesa por tu día, la que pega la oreja al mundo para luego venir a contarlo.

Bienvenidos al mundo de las vidas ajenas, pasen y lean.